El Dniéper como nuevo telón de acero para partir Ucrania en dos
¿Puede acabarse esta guerra con una frontera en el río Dniéper y dos Ucranias mirándose como Berlín en 1961? El escenario se plantea como ejercicio de realismo: reparto al estilo de las dos Alemanias,
Kiev dentro de la mitad oriental y Rusia quedándose con toda la fachada costera. La tesis se resume en una frase que suena a broma y no lo es: así acabaría la historia y todos contentos. Falta el detalle de cómo se convence a la mitad que no cobra.
¿Se puede dividir Ucrania como Alemania Oriental y Occidental?
El paralelismo con la Alemania partida no es decorativo. Describe una frontera de hecho, sin tratado, sin calendario y sin firma de las partes, con el Dniéper recuperando el papel de
telón de acero. En ese mapa lo que pesa no es el kilómetro cuadrado, sino el valor estratégico: la capital histórica y el litoral.
Kiev quedaría del lado ruso y el resto del país se reorganizaría al oeste del río, con una capital pendiente de decidir.
Hay un detalle revelador en la manera de plantearlo: se habla de territorios importantes y de territorios de segundo orden, como si el reparto fuera una subasta entre dos postores. Quien defiende esta salida sostiene que no es mal trato para Moscú, porque se queda con lo que vale dinero y con la ciudad que da legitimidad histórica. Lo que no aparece en ninguna parte es la factura política de una frontera sin acuerdo.
El reparto sobre el mapa: costa, Crimea y el mar de Azov
El dibujo que más se repite entrega a Rusia
toda la zona costera, el Donbás, la península de Crimea y el control del mar de Azov. La Ucrania resultante sería un país interior, agrario y sin salida marítima relevante, con un peso internacional parecido al de una Moldavia
geopolítica: candidata a todo, admitida en nada. Sus defensores añaden que las fuerzas rusas ya están donde tienen que estar y que moverlas más al oeste sería sumar coste sin sumar seguridad.
El argumento se apoya en una idea sencilla: el litoral y la industria pesada del este valen más que cualquier garantía de seguridad firmada en papel mojado. Quien mira el mapa con frialdad recuerda que los territorios que se citan como irrenunciables son justamente los que ya están en disputa desde hace años.
Por qué un tratado de neutralidad vale más que dividir el país
Aquí está la objeción que más fuerza tiene.
Una Ucrania con la mitad del territorio pero con vía abierta a un programa nuclear sería casi igual de peligrosa para Rusia que la Ucrania entera. El corolario es incómodo para los partidarios del reparto: lo que importa no es dónde se coloca la línea, sino que exista un documento firmado donde Kiev se comprometa a no entrar en la OTAN.
Los misiles llegan igual lanzados desde Rumanía que desde territorio ucraniano. Si el objetivo real es la neutralidad permanente, obsesionarse con el kilómetro cuadrado es perder el tiempo. De ahí la conclusión que comparten análisis de signo opuesto: un tratado de neutralidad sin partición valdría más que una partición sin tratado. La advertencia que acompaña a esa tesis es la de siempre: las garantías que se firman con prisa se rompen con calma.
¿Por qué se descarta que Estados Unidos acepte el reparto?
Porque quien negocia en nombre de Ucrania, según la lectura más extendida, no se juega nada en el resultado: su futuro ya está resuelto y su función sería hacer imposible el acuerdo. En esa línea, Washington no bendeciría un reparto que le deje sin el objetivo por el que se ha movido, y el «no» de Kiev a la OTAN no basta si enfrente sigue habiendo un país armado y hostil.
Frente a eso, la hipótesis de un repliegue y una negociación real se despacha con un «ya veremos» y poca fe. La única grieta que admite esta corriente es que sus adversarios no son precisamente una maquinaria de precisión, y que un plan que depende de que todo salga mal tiene fecha de caducidad.
Ocho años de Donbás y el Maidán: el relato de cada bando
La guerra no empieza en la ofensiva sobre el resto del país, sino en el cambio de gobierno de 2014 y en
ocho años de enfrentamientos en el Donbás. Quien defiende el reparto recuerda que el presidente derrocado era prorruso, había ganado en las urnas y acabó condenado en su país por alta traición. Quien lo rechaza responde que un cambio de gobierno, con ser discutible, no autoriza a invadir al vecino.
Sobre ese esqueleto se enganchan capas más fantasiosas: planes globales de control social, crisis sanitarias preparadas de antemano y una agenda internacional que lo explicaría todo, incluida la moneda digital. Material abundante para desconfiados, cero pruebas aportadas. También hay ruido de otro tipo: buena parte de los mensajes se dedica al improperio y no al argumento, lo que ayuda poco a decidir quién tiene razón.
Una frontera que solo existe en el pronóstico
Conviene recordar la parte menos épica. Las predicciones sobre el mapa ucraniano llevan años envejeciendo mal, y las que daban por hecho el reparto en el momento en que Rusia reconoció la independencia de las dos repúblicas se quedaron a medias cuando la ofensiva se extendió a todo el país. Entre tanto pronóstico, lo único que se mueve con puntualidad es el rescate de los mensajes antiguos para comprobar quién acertó.
El Dniéper es hoy una línea en un comentario, no en un tratado. Lo cual, tratándose de telones de acero, es casi una ventaja: se pueden borrar.