Cuatro madres entre 16 compañeras: el desplome que ya está aquí
Una comida de empresa. Diez hombres, dieciséis mujeres, todas entre 29 y 48 años. El recuento posterior deja el dato: solo cuatro de ellas tienen hijos, una con dos y tres con uno, y las cuatro son españolas. El asunto de la natalidad salió a la mesa y la conversación viró, según el relato de quien lo plantea, hacia una incomodidad creciente con los niños —ruido, estorbo, limitación— que a esa persona le costó encajar.
La anécdota no es estadística. Pero funciona como foto fija de una tendencia que el análisis demográfico lleva años documentando: la caída de la fecundidad en España ya no es una hipótesis de futuro, es el rasgo que define a una generación entera.
¿Cuántas españolas menores de 40 años no tienen hijos?
La cifra que circula en la lectura más pesimista es contundente: en torno al
70% de las españolas menores de 40 años ni tiene hijos ni prevé tenerlos, y buena parte de quienes sí son madres lo son de un único hijo, cerca ya del límite de la edad fértil. Es una estimación, no un censo, y conviene tratarla como lo que es: una dirección de fondo más que una medición exacta.
El país aparece de forma recurrente entre los peores indicadores de natalidad del mundo y con más madres por encima de los 40, según se sostiene en el debate. El retraso de la maternidad tiene una consecuencia aritmética difícil de esquivar:
menos años fértiles para un segundo o un tercer hijo.
El coste real de tener un hijo: sueldo, vivienda y jornada
Aquí las cuentas aprietan. En el material se maneja un estándar de proveedor que hoy suena a ciencia ficción:
4.000 euros al mes, un puesto fijo de por vida y una hipoteca liquidada en cinco años. Frente a ese ideal, la realidad laboral que se describe en el debate es otra: la mayoría de los asalariados cobra entre
1.000 y 1.900 euros, con contratos temporales, y los pisos rondan los
300.000 euros.
La conclusión que extrae una parte del análisis no es cultural, sino material. Criar a un hijo exige dos sueldos estables, vivienda asequible y una red de apoyo —abuelos, guardería pública, jornada flexible— que no siempre existe. Cuando falla alguna pieza, la decisión se aplaza. Y aplazar, en biología reproductiva, tiene fecha de caducidad.
La alternativa que se cita para quien quiere ser padre sin pareja es la gestación subrogada fuera de España, con un coste estimado en
unos 100.000 euros. Para la mayoría, una puerta cerrada de golpe.
La natalidad de origen extranjero: cifras en disputa
Una parte del debate sostiene que la caída de la natalidad autóctona se ha compensado en parte con la natalidad de población de origen migrante, y maneja cifras que van desde algo más de la mitad de los nacimientos hasta un
20%, según quién haga la cuenta. Otras voces rebajan esas estimaciones y recuerdan que la fecundidad de las familias migrantes también tiende a caer con los años de residencia.
El problema es de método. Según cómo se contabilice la nacionalidad de los padres, los hijos de personas nacionalizadas aparecen como nacidos de españoles y el porcentaje se desploma artificialmente. Quien defiende las cifras altas habla de colegios públicos de infantil con mayoría de alumnos de padres extranjeros; quien las rebaja sostiene que ese dato se exagera. Ninguna cifra redonda de la mesa está verificada, y ese es el dato que más debería pesar.
El trabajo como sustituto de la familia
Un hilo secundario recorre toda la conversación: la idea de que la incorporación plena de la mujer al mercado laboral —necesaria y no discutida en términos de derechos— ha venido acompañada de un espejismo. El espejismo consiste en vender la carrera profesional como sustituto pleno de otras formas de vida, cuando el diagnóstico que se hace de esa carrera es mucho menos brillante:
estrés, precariedad, jornadas largas y la sensación difusa de haber cambiado una esclavitud por otra.
Ahí engancha el asunto del niño como estorbo. La queja de fondo no parece ser solo el crío, sino un modelo de vida que exige rendimiento continuo y penaliza cualquier interrupción: un permiso de maternidad, una baja, salir a las cinco.
Veintiséis personas en una mesa y solo cuatro mujeres madres. Si esa proporción fuera representativa de algo más que de una empresa concreta, el invierno demográfico dejaría de ser una predicción y pasaría a ser el presente. Lo incómodo no es el número. Es que a nadie en la mesa le extrañó.