Gestación subrogada: el doble rasero que separa a Cámara de Obregón
La misma práctica, dos recepciones opuestas, según el relato que recorre el debate. Cuando el actor
Javier Cámara recurrió a la gestación subrogada, la conversación pública apenas levantó la ceja, sostienen varios participantes. Cuando lo hizo
Ana Obregón, la polémica escaló hasta ocupar portadas durante días. En Antena 3, un tertuliano recordó que mucha gente famosa ha tenido hijos por gestación subrogada sin el escándalo que rodea a Obregón, y cifró en
170 los nacimientos de este tipo el año anterior. ¿Se critica el método o a quien lo usa?
El asunto llegó al terreno económico rápido. Según uno de los participantes, un proceso completo en Estados Unidos puede alcanzar los
150.000 dólares más gastos. Es decir, un mercado vedado de facto a quien no tenga patrimonio. Ese es el filo que más incomoda en el debate: no la técnica, sino el talonario que la hace accesible.
Por qué solo los ricos acceden a la gestación subrogada
La crítica más repetida no apunta al método en sí, sino a su puerta de entrada. «Lo único verdaderamente criticable es que sea algo a lo que solo pueda optar la gente con dinero», resume uno de los participantes. La gestación subrogada se convierte así, en esa lectura, en un servicio de lujo, con la gestante en un extremo del contrato y una familia acomodada en el otro.
Frente a eso, la defensa clásica separa el objeto del intercambio. No se compraría un bebé, se pagaría el
trabajo de gestación de una mujer que decide libremente qué hace con su cuerpo. El argumento se apoya en un paralelismo incómodo: si aceptamos que un obrero venda su esfuerzo físico, ¿dónde está la línea que prohíbe alquilar un útero?
La objeción llega desde otro flanco y no es moralista. Cuando el dinero entra en juego, se sostiene, el consentimiento deja de ser limpio: la necesidad económica convierte la libertad en espejismo. El mismo cálculo que dignifica el trabajo puede degradarlo a mercancía. Y ahí la discusión se atasca.
El problema de la edad: criar a los 70 o dejar un huérfano
El segundo eje del rechazo no es el método, es el calendario. Un participante recuerda que la edad media de vida ronda los 82 años —y esa media incluye a los hombres, que no suelen llegar tan lejos—, de modo que quien gesta a los 68 asume que el hijo puede quedar huérfano antes de la adolescencia. El cálculo se repite en la discusión: cuando el niño tenga diez años, la madre tendrá cerca de ochenta.
Los matices llegan por el lado patrimonial. La criatura heredaría una fortuna y, con ella, un colchón que muchos hijos de familias pobres jamás tendrán. El recurso al apoyo familiar o al personal contratado se esgrime como contrapeso. Otros responden en el debate que ningún dinero sustituye a una madre, y que el consuelo por la pérdida de un hijo no justifica traer otro al mundo para criarlo en soledad.
El choque es revelador. A una mujer sola de edad avanzada se la mira con lupa. No siempre por el bien del menor. A veces por el relato.
El doble rasero político y mediático
Buena parte de la conversación deriva hacia la trinchera ideológica. Una corriente sostiene que la polémica no nace de la ética, sino de la etiqueta: se perdona el método al que cae bien y se criminaliza al que no. Famosos que han pasado por lo mismo sin aspavientos no reciben, según esta lectura, el mismo trato que una figura incómoda para cierto relato.
Enfrente, otra lectura señala un rasero distinto según quién esté en el foco: en el debate se apunta, por ejemplo, que a otros colectivos no se les dirige la crítica de explotación. La acusación de hipocresía va y viene en ambos sentidos sin que ninguna parte ceda. Hay incluso quien reduce todo a una cortina de humo: sostienen que el ruido tapa asuntos mucho más serios, desde causas judiciales abiertas hasta conflictos internacionales que apenas ocupan minutos de telediario.
El mercado de la gestación subrogada no va a desaparecer porque una parte lo llame compraventa de bebés. Tampoco se volverá limpio porque otra parte lo llame un simple servicio. Con el precio de entrada en seis cifras, según uno de los participantes, la pregunta incómoda sigue en pie: si mañana desapareciera el dinero del proceso, ¿cuántos de los que hoy lo defienden seguirían defendiéndolo?