El campo avisa: comerá pan el que tenga trigo
Un año después de que los agricultores avisaran de recortes de hasta un
50% en el uso de fertilizantes, la pregunta ya no es si subirán los precios, sino qué ocurre cuando el trigo escasee. La advertencia que resume la inquietud del sector —
comerá pan el que tenga trigo— ha reabierto una discusión que va mucho más allá del supermercado. Hay quien cifra en
9 euros el litro de aceite de oliva y la cesta básica ya no cuadra con el relato de moderación de precios. Detrás hay una madeja de causas que nadie termina de separar: energía, abono, transporte y geopolítica.
El año que se sembró con la mitad de fertilizante
Durante la campaña anterior, los agricultores explicaban que habían recortado la cantidad de abono que aplicaban al suelo. Algunos hablaban directamente de
la mitad. Quien se sorprenda de que la cosecha siguiente sea inferior no recuerda lo que se dijo entonces. La cadena es sencilla: menos fertilizante, menos grano, y un suelo que en su estado natural está agotado para sostener la producción sin aporte químico.
El paralelismo con el diésel sirve de brújula. Lleva una década en caída y aquí se nota sobre todo en el precio y en el consumo, pero en otros países disponer de suministro es un problema real. Con el cereal ocurre algo parecido: la tensión aparece primero en el precio y después en la disponibilidad. Hay quien sostiene que la tendencia es imparable y que muchas tierras dejarán de cultivarse sin que vuelvan a trabajarse en tiempo humano.
El aceite a 9 euros y el culpable de fuera
El precio del aceite de oliva tiene responsables con nombre propio en la conversación pública: la guerra de Ucrania y el conflicto en Oriente Próximo.
Putin e Israel, resumían algunos. La atribución es cómoda y explica parte del encarecimiento energético, pero deja fuera lo esencial: el coste de producir.
Conviene separar precio y suministro. En el mercado de materias primas, un participante aseguraba que el precio del trigo se estaba desplomando en el momento de esta discusión, mientras otro lo ponía en duda. La pasta, el pan y la harina no se encarecen solo porque falte grano; se encarecen porque la energía, el abono y el transporte cuestan más. Y eso sí tiene que ver con la guerra.
¿De qué sirve tener trigo si llega la escasez?
Tener trigo no garantiza comer pan. Ese es el contraargumento con más peso. En un escenario de necesidad generalizada aparecerían las requisas y los robos, y una finca grande obliga a defenderla día y noche. No basta con un cuchillo, buenos vecinos y una valla. La otra cara del aviso es más incómoda: hay quien sostiene que, en ese escenario, la primera requisición estatal iría a las grandes industrias lácteas y cárnicas, no a la explotación familiar que vende cuatro docenas de huevos.
El punto donde el análisis se enreda es siempre el mismo. Unos calculan que los robos en el campo serían masivos al principio, antes de que lleguen los primeros muertos. Otros recuerdan que la violencia no la traería el hambre, sino la gente dispuesta a liarse a escopetazos a la mínima. Y ninguno sabe cuánto dura realmente una despensa.
Ganadería intensiva o ecológica: 700 millones frente a 7.000
La única forma de abastecer a miles de millones de personas es la ganadería intensiva, con fertilizantes y química, sostiene una parte de la discusión. La agricultura ecológica, las jaulas libres y los cultivos sin insumos caben en un planeta de
700 millones de habitantes, no de
7.000 millones. El argumento tiene su lógica y su precio: como apunta otro participante, sin energía barata la ganadería intensiva deja de ser rentable y vuelve el pastoreo. Por eso antes la carne solo se veía en las fiestas.
Enfrente está la capacidad de producir sin depender del gas. Según otro de los intervinientes, Holanda, con la superficie de Asturias y Galicia, es el mayor productor agrícola de Europa; Bangladesh alberga a 170 millones de personas en un territorio como Castilla y León y Extremadura juntas, y no se muere de hambre. El truco no sería la tecnología, sino las cuencas sedimentarias de los grandes ríos y un nivel freático casi en superficie. España, con otra geografía, no juega con esas cartas.
Con estos mimbres, la discusión no avanza hacia un consenso, sino hacia un reparto de culpas: el globalismo que quiere destruir la producción local, el ecologismo que encarece la carne, el Estado que requisará cuando apriete. Cada pieza encaja con la siguiente. Lo que nadie cierra es la cuenta básica: cuánto trigo hay guardado en España y cuánto tarda en agotarse si un año se siembra con la mitad de abono.