Netflix cambia el perfil del asesino en 'Adolescence' y desata la polémica
¿Puede una serie de televisión reescribir el perfil de un crimen real? Eso es lo que sostiene una parte de la audiencia que ha puesto el foco en
Adolescence, la producción de Netflix que, según las críticas que circulan, habría transformado a un adolescente negro de trece años en un chico blanco para ajustar el relato. La acusación no es menor: se argumenta que el caso real que inspiró la ficción —el asesinato de una escolar a manos de un joven de trece años en Croydon en 2023— ha sido
blanqueado racialmente para evitar asociar la violencia con un colectivo concreto. La polémica estalló con fuerza en redes y foros, donde se mezclan el análisis del casting con la sospecha de una agenda ideológica más amplia.
El caso real detrás de la ficción
El punto de partida es un tuit que se viralizó en el que se afirmaba que
Adolescence se inspiró en el asesinato de la escolar Elianne Andam a manos de Hassan Sentamu en Croydon en 2023. A partir de ahí, la indignación se disparó: si el crimen real fue cometido por un adolescente negro, ¿por qué la serie pone a un chico blanco en el papel del asesino? La pregunta, formulada así, contiene ya una acusación de manipulación deliberada.
Hay quien sostiene que la decisión responde a un patrón: la industria evita mostrar a determinados grupos como perpetradores de violencia para no alimentar estereotipos, pero al hacerlo
distorsiona la realidad y trata al espectador como alguien a quien hay que proteger de los datos. Otros, en cambio, recuerdan que las ficciones basadas en hechos reales se toman licencias creativas con frecuencia y que el color de piel de un actor no convierte automáticamente la serie en propaganda.
La discusión se enreda además con un detalle que varios participantes subrayan: el asesino real tenía trece años, pero
su complexión física no correspondía a la de un niño. En la serie, en cambio, el intérprete elegido tiene un aspecto claramente infantil. Ese contraste —adulto en cuerpo, niño en pantalla— es, para los críticos, la prueba de que no se trata de un simple ajuste de casting, sino de una construcción deliberada del relato.
La sombra de la agenda ideológica
El malestar no se limita al color de piel. Una parte del público lee en
Adolescence una operación más amplia: la serie, según estas voces, vincula el crimen con la
manosfera, los incels y la ultraderecha, desviando la atención de las causas que realmente aparecen en los casos de apuñalamientos adolescentes. Se cita un artículo de
Público que, según los críticos, hace exactamente eso: exponer casos concretos de violencia juvenil para luego girar y presentarlos como consecuencia de entornos machistas, aunque no sea ese el trasfondo real de los hechos.
El argumento de fondo es que existe una
memoria falsa inducida: se repite que los asesinatos de chicas jóvenes se deben a la ultraderecha o a la manosfera porque se ha leído en algún sitio, no porque los datos lo confirmen. La serie, en lugar de reflejar la realidad, contribuiría a fabricarla.
Frente a esto, la defensa de la ficción como género es la más repetida: una serie no es un documental, y exigirle fidelidad literal a los hechos es confundir categorías. La discusión, sin embargo, no va de licencias creativas en abstracto, sino de por qué la licencia se toma siempre en la misma dirección.
El negocio de la indignación y el consumo
Más allá del debate sobre el casting, hay un hilo económico que recorre toda la discusión: si Netflix produce este contenido, es porque alguien lo paga. La suscripción mensual, que ronda los
20 euros, financia una maquinaria que, según los más críticos, convierte la ideología en producto y el producto en beneficio. El suscriptor no es víctima pasiva: es cliente que renueva.
La paradoja es evidente. Quien denuncia la manipulación sigue pagando por verla. Quien se da de baja pierde el acceso a la conversación. Y quien se queda, financia el siguiente capítulo. La indignación, al final, también es un modelo de negocio: genera tráfico, comentarios y visibilidad, y todo eso tiene un valor de mercado.
De la pantalla al proyecto vital
La conversación derivó, en sus tramos finales, hacia terrenos más prácticos. Algunos participantes plantearon que la única salida real es
dejar de financiar el sistema: abandonar las plataformas, los sistemas operativos y los servicios de las empresas que consideran parte del problema. La propuesta recibió de inmediato la réplica obvia: si ni siquiera se puede dejar de usar el correo electrónico o el buscador, ¿cómo se va a abandonar el pueblo?
Otra corriente llevó el debate hacia la construcción de comunidades autosuficientes en entornos despoblados. Se describió un modelo de crecimiento lento pero exponencial: un año solo, al siguiente tres visitas, después seis, y así hasta formar un núcleo estable. Terrenos no urbanizables baratos, campings como fórmula para alojar voluntarios, cabañas construidas por los propios residentes. La idea, más que una huida, es una
infraestructura paralela que no dependa de las grandes plataformas.
La discusión sobre el catolicismo como base para un movimiento antagonista cerró el arco: se argumentó que la religión fue combativa en el pasado —cruzadas, carlismo— y que el péndulo podría volver. Otros respondieron que el catolicismo actual está condenado al universalismo y a rechazar cualquier planteamiento racialista, lo que lo hace inútil para ese propósito.
Al final, la pregunta inicial —¿por qué Netflix pone a un blanco donde había un negro?— queda sin respuesta verificable. Lo que sí queda es un retrato del malestar: la sospecha de que el entretenimiento no entretiene, sino que
adoctrina. Y la certeza de que, mientras tanto, la suscripción se renueva sola.