Francia pierde África: la BBC recorta y RT firma alianzas
Occidente no ha perdido África por falta de influencia. La ha perdido por falta de relato. El
New York Times publicó el 13 de abril de 2023 un reportaje que funciona como acta de un repliegue: mientras las marcas informativas occidentales cierran canales y recortan plantillas, una avalancha de contenido prorruso ocupa el espacio que queda libre. El dato que mejor lo resume no es periodístico, es diplomático:
26 de los 54 países del continente se negaron a sumarse a la votación de la ONU que condenaba la invasión rusa de Ucrania.
Que el diario neoyorquino certifique la tendencia no la cambia. Solo la hace oficial, y eso —para las potencias occidentales que ven retroceder su influencia, con
Francia como punta de lanza sobre el terreno— es lo verdaderamente incómodo.
Qué cuenta el New York Times sobre la propaganda rusa en África
El reportaje, firmado por Elián Peltier, Adán Satariano y Lynsey Chutel desde Abiyán, Dakar, Londres y Johannesburgo, retrata tres escaparates del mismo fenómeno. En Camerún, la televisión
Afrique Média llega a millones de espectadores y acaba de firmar una asociación con RT, la cadena financiada por el Kremlin que la Unión Europea suspendió poco después de la invasión. Sus contertulios elogian la ofensiva rusa; uno llegó a proclamar «Gloria a Putin».
En Sudáfrica, un influyente de redes sociales añadió «Vladimir» a su nombre en Twitter y redistribuye material generado en Rusia por Twitter y Telegram a
148.000 seguidores. Y circula un vídeo animado —recogido en un documento de inteligencia estadounidense— en el que un comando ruso del
grupo Wagner combate junto a soldados de África Occidental contra una horda de zombis invasores venidos de Francia.
Detrás de los escaparates hay una campaña. Entre los documentos del Pentágono filtrados apareció un informe según el cual la inteligencia militar rusa planificó en febrero una operación de propaganda con medios africanos para «realinear» la opinión pública del continente, alejándola de Occidente. «Las noticias falsas rusas se producen a escala industrial aquí», resume Abdoulaye Guindo, coordinador del verificador maliense Benbere. «La destreza de los relatos prorrusos es innegable».
¿Por qué 26 de 54 países africanos no condenaron la invasión rusa?
Porque el terreno estaba abonado y la competencia informativa, ausente. La BBC está recortando docenas de periodistas en África y cerrando al menos tres canales que emitían en idiomas locales, parte de un ajuste más amplio. Radio France Internationale y France 24, financiadas por el gobierno francés, están suspendidas en
Malí y Burkina Faso, donde gobiernos alineados con Moscú han expulsado a periodistas franceses. Reporteros sin Fronteras concluyó que esas prohibiciones «han creado espacio para los medios favorables a una narrativa prorrusa».
El general francés Pascal Ianni, encargado de contrarrestar la desinformación rusa en África occidental, lo dijo sin paños calientes: «Nos enfrentamos a un monstruo». La frase resume la asimetría: el bando occidental recorta presencia mientras el financiado por Moscú la amplía. En esa competición no gana necesariamente quien informa mejor.
9.000 millones de ayuda frente a 300.000 millones de expolio
Aquí los números se usan como armas arrojadizas y conviene separar lo acreditado de lo que solo se sostiene. Una corriente asegura que Francia expolia al continente unos
300.000 millones de euros anuales; la cifra se lanza sin acompañarse de fuente alguna. La réplica utiliza otro dato: hay quien sostiene que París dedica más de
9.000 millones al año a ayuda al desarrollo, buena parte en África, y que el saldo real es de pérdida neta para el contribuyente francés.
Ninguna de las dos cifras está aceptada de forma general. Las dos circulan con la misma función: justificar una alianza y deslegitimar la contraria. Lo que admite menos matices es el patrón reciente: el desalojo de medios franceses coincidió con el giro de esos gobiernos hacia Moscú.
Quién construye y quién extrae: el contraste con el modelo chino
Frente a las bases militares y las televisiones, China vende otra cosa: infraestructuras, centrales y comercio. El argumento que recorre este análisis sostiene que a Pekín le interesa un continente con capacidad de compra —de ahí su interés por la energía y el desarrollo— mientras el modelo occidental habría apostado por mantener el endeudamiento y extraer materias primas. No es una tesis neutra, pero tiene un correlato difícil de discutir: la red de distribución china, capilar y sin cañonazos, ya está en todas partes.
El fondo del asunto: culpa, colonia y soberanía
Las lecturas se parten en dos. Una línea sostiene que Rusia y China no hacen más que ocupar el vacío que Francia, Estados Unidos y el Reino Unido dejaron tras décadas de tutela, golpes e intervenciones; que el rechazo africano no es propaganda, sino cuentas pendientes. La contraria responde que Moscú no construye nada donde llega, que se limita a armar facciones para alimentar conflictos y a extraer recursos, y que atribuir todo a la herencia colonial es una forma cómoda de absolver a quien ahora negocia con el mejor postor.
Entre ambos bloques asoma una tercera posición, más cínica: si hay que elegir entre potencias depredadoras, mejor que exista competencia, porque la competencia mejora el precio. Es la misma lógica que explica la multiplicación de acuerdos con RT y con medios afiliados a Wagner en el continente.
Qué puede pasar con la influencia rusa en África
Con la BBC reduciendo presencia, RFI y France 24 suspendidas en dos países y RT ampliando operaciones y firmando acuerdos locales, el escenario previsible es más de lo mismo: menos medios occidentales sobre el terreno y más contenido prorruso en pantallas que nadie audita. La duda razonable es si esa ventaja se traducirá en influencia real o quedará en un alquiler de antenas. La historia reciente sugiere que las potencias que ganan la propaganda rara vez pagan la factura del desarrollo.