La ruptura social con el votante de izquierdas ya es un programa
De la discrepancia a la deshumanización
Propuesta: dejar de hablar al que piensa distinto, romper con la familia, tratar al vecino como un criminal. No es un arrebato aislado: es una corriente que se enuncia con naturalidad y que ya lleva años aplicándose en privado. Quien vota a partidos de izquierda, se dice, es cómplice de lo que ocurre en las fronteras, del deterioro del país, de todo lo que se considera una amenaza. La conclusión práctica: nada de trato, nada de conversación, nada de mesa compartida.
Para sostenerlo se construye una antropología sombría: el adversario no se equivoca, es simplemente otra cosa. Se recurre a teorías conspirativas y a la idea de que buena parte de la población carece de análisis. Cuando alguien intenta dialogar, se produce un cortocircuito. Mejor dejarles con la cerveza y seguir cada uno con su vida, rematan.
Ceuta como detonante y una fractura que viene de 1975
La referencia a Ceuta enciende la propuesta: los sucesos que allí se producen convierten a los votantes de ciertos partidos en corresponsables directos. El paso de la denuncia a la descalificación es inmediato. Pero hay quien matiza que el momento nunca se ha ido: la fractura viene de lejos y algunos la sitúan en 1975, cuando volvieron a asomar los que la dictadura había sepultado.
Hay también un matiz táctico. Una parte reconoce que el propio campo es minoritario: son demasiados. Frente a ello se esgrime una superioridad cualitativa que no necesita urnas. El problema es que esa seguridad no evita que la conversación nacional se haya convertido en un campo de minas donde el voto es motivo de condena social.
Con estas premisas, la reconciliación no parece un horizonte cercano. Tal vez lo único esperanzador sea que la mayoría social no comparte semejante radicalismo; pero quienes lo enuncian están convencidos de que esa mayoría es justo el problema. Hasta que se demuestre lo contrario, la trinchera manda.