La euforia futbolera que no todos comparten en España
El fútbol ha vuelto a imponer su ley: la selección española acaba de ganar el Mundial, acumula Balón de Oro, mejor jugador joven y Guante de Oro, y las calles hierven de banderas. Pero el entusiasmo no es unánime. Un sector de la población observa el carrusel de celebraciones con escepticismo, cuando no con hostilidad.
El orgullo que unos sienten y otros rechazan
Para los que celebran, la victoria es una revancha múltiple: contra los independentistas, contra la izquierda que desprecia los símbolos nacionales, contra figuras internacionales que menosprecian a España, como Donald Trump. La alegría se mezcla con un discurso político que convierte el gol en un arma contra los adversarios. “Solo por ver a los ‘argensimios’ llorando y a los separatistas rebuznando ha merecido la pena”, se lee en las redes.
En el lado opuesto, hay quien no reconoce el país que celebra. El relato es el de un Estado que explota, humilla y no da nada a cambio. “No voy a celebrar nada cuando día sí y día también siento que España me roba mi sudor y mi esfuerzo de vida”, resume una postura que rechaza la euforia como una cortina de humo ante los problemas reales: precariedad, instituciones degradadas, falta de oportunidades.
El fútbol como sucedáneo de la guerra tribal
Hay también una mirada antropológica: el fútbol sería un sustituto de las luchas tribales, un canalizador de la violencia ancestral. Sin él, los hombres se estarían matando aún más, argumentan algunos. Pero esa función social no convence a los desconectados, que ven en el balón un espectáculo ajeno a sus vidas.
La división no es nueva, pero el éxito deportivo la amplifica. Mientras dure la resaca del título, la fractura seguirá ahí: una España que se abraza a la bandera y otra que la considera un trapo ajeno. El fútbol une, sí; pero también delata las grietas de un país que no logra sentirse un equipo ni siquiera cuando gana.