No hay dinero para desbrozar: la ganadería extensiva como cortafuegos
¿Qué hacer cuando no hay presupuesto para desbrozar mecánicamente las miles de hectáreas de monte que arden cada verano? La respuesta que arrastra años de defensa en el mundo rural: triplicar la ganadería extensiva. Cabras y ovejas, el cortafuegos tradicional, vuelven a ser la única alternativa que el día a día no deja esconder. Mientras las cuadrillas forestales escasean y las máquinas resultan inviables por coste, el pastoreo se presenta como el método más rentable y probado para reducir la masa vegetal que alimenta los grandes incendios.
La crítica apunta directamente a las administraciones: años persiguiendo a las familias que mantenían el oficio, financiación a empresas de desbroce que dilapidan fondos y la expansión del lobo, que termina por erradicar el ganado menor. Un combo que deja el monte sin mantenimiento y las quemas tradicionales fuera de la ley. “No hay dinero ni gente para desbrozar”, resume la postura más combativa.
Los obstáculos, sin embargo, no son menores. El monte bajo cumple funciones ecológicas para la biodiversidad, y meter ganado en zonas sin pastos desde hace décadas no es gratis: subvenciones millonarias, roces con el lobby bovino y un ecologismo que ve con malos ojos la sustitución de la vegetación natural. Además, después de un incendio resurgirían pastos que favorecen cérvidos o la introducción de bisontes europeos, argumentan quienes ven beneficios en el fuego.
¿Conclusión? Mientras se debate si se importan cabras de Marruecos o se crea un lobby ovejero, el monte sigue esperando a alguien que lo limpie. Y arde. A la espera de que la agenda política descubra que la ganadería extensiva no es un capricho, los pastores tienen claro quién debería tomar las tijeras de podar.