Viajar no es una necesidad vital: es una moda que se paga a plazos
Hay una corriente silenciosa que no entiende el furor por los aeropuertos. No es que no les guste salir de casa: es que no necesitan recorrer miles de kilómetros para ver montañas o playas que tienen a treinta kilómetros de su portal. El planteamiento, expuesto sin complejos en un foro de consumo responsable, rompe con el relato dominante: viajar no te hace mejor persona, ni más culto, ni más interesante. Y quien lo dice no es un resentido, es alguien que ha estado en cinco países y asegura que se sentiría igual si nunca hubiese salido de España.
La presión social, sin embargo, es real. Hay quien confiesa fingir que le gusta viajar para que le dejen en paz en las conversaciones de grupo. Otros directamente se callan. El
postureo digital, con sus fotos en redes sociales, aparece como el principal acusado: ¿qué beneficio reporta decirle al mundo dónde has estado? ¿Likes? ¿Para qué sirven?
El turismo como herramienta económica y de control social
El análisis más duro llega desde la trinchera económica. Se argumenta que viajar es una moda impuesta desde arriba: una ayuda a la globalización, un atenuador de la desigualdad geográfica y, sobre todo, una herramienta contra la deflación. El mecanismo, según esta corriente, sería simple: si la gente acumula ahorros, la economía se enfría; si los funde en satisfacción inmediata, el dinero circula. De ahí que se señale el viaje como un
ariete para evitar que determinados sectores acumulen ahorros.
La crítica no se queda ahí. Se distingue entre el turista de resort y el viajero intelectual, y se acusa a muchos de hacerse los interesantes cuando en su propio pueblo no ven más allá de su nariz. La conclusión de esta corriente es amarga: ni viajar ni leer curan de nada.
Los que viajan y vuelven con la misma ignorancia
No todos los que defienden el viaje lo hacen desde el entusiasmo ciego. Hay quien reconoce que viajar es ocio, de los mejores, pero ocio al fin y al cabo. La crítica más repetida es que en quince días no aprendes costumbres, no te mezclas con la gente real y no ves la vida del país. Puedes vivir años en una ciudad sin hacer nada de eso. Como cualquier expatriado español que se va a trabajar una temporada a Panamá.
La globalización ha homogeneizado los destinos. Varias capitales europeas son, según esta visión, lo mismo: McDonalds, Starbucks, Zara y tiendas de souvenirs. Es difícil encontrar las siete diferencias. Hay quien afirma que quien viaja a Egipto y no sabe qué ha visto ha gastado 1.500 euros por cabeza en pasar calor, tragar arena y dormir poco.
La experiencia única frente al parque temático
Frente a esto, la defensa del viaje auténtico. Hay quien relata haber cruzado Java en moto, haber sido invitado a una boda en Malasia o haber estado en un sacrificio ritual en Tana Toraja. Son experiencias únicas, de las que aprendes cosas, sobre todo sobre ti mismo. En un resort del Caribe aprendes lo mismo que en Gandía: nada.
El problema es que ese viaje auténtico es incompatible con el
turismo de masas. El viaje organizado, con madrugones, horarios y visitas obligatorias, genera estrés en lugar de descanso. Quien afirma haber vivido doce años en el tercer mundo advierte que unos días en un lugar remoto no te hacen conocer nada: solo te llevas una imagen distorsionada.
La presión de las redes y el fin de la burbuja
La conversación deriva hacia el papel de las redes sociales. Hay quien sostiene que la burbuja viajera está alimentada principalmente por mujeres, y se mencionan casos de personas desquiciadas por no poder hacer viajes de postureo para subir fotos a Instagram. La crítica se extiende a quienes se endeudan o piden prestado para pagar un viaje.
El confinamiento y las restricciones sanitarias aparecen como un punto de inflexión. Hay quien apunta que la agenda sostenible y las trabas al turismo masivo convertirán a los aficionados a los viajes en los raros, no al revés. La predicción de algunos es que el turismo nacional y regional se beneficiará de las trabas al extranjero.
Con estos mimbres, la pregunta inicial —¿soy un triste por no querer viajar?— se responde sola. No lo eres. Eres, si acaso, un adelantado. O un ahorrador. O simplemente alguien que no necesita un avión para sentirse vivo. La presión social seguirá ahí, pero el relato se agrieta. Y si el turismo de masas se topa con límites físicos y económicos, quizá los raros sean otros.