La fantasía de nacer en Estambul: el problema no es el lugar
¿Y si hubiera nacido en Constantinopla? La pregunta, formulada con todo lujo de detalles, dibujaba un instituto de élite con taquillas donde ligar, profesores cultos y un lema en francés: «J'aime la qualité, j'aime la supériorité». El Liceo de Galatasaray como paraíso perdido, y Estambul como la vida que no fue. No es una ensoñación aislada: forma parte de un género recurrente que también fantasea con California, con el Medio Oeste o con cualquier lugar que prometa más que el propio.
La fantasía no escatimaba en detalle: el clima neblinoso de Kadikoy, la genética eslava destacando en el fútbol, las nevadas brutales. Pero la respuesta de la realidad fue rápida y afilada. Para unos, la Turquía real es más bien otra cosa: un país con nepotismo crónico, una imagen de telenovela que choca con la población real, y unas cuentas pendientes con armenios y kurdos que no se saldan con series de época.
La diáspora come döner, no vive en Bebek
La estampa más cruel ponía al soñador no en Gálata, sino detrás del mostrador de un döner en Duisburg. La diáspora turca en Alemania no vive la vida de las series, sino la de la emigración de segunda. Ahí se rompe el espejismo: el turco que no nació en Constantinopla no sueña con ella, sino con olvidarla en una ciudad alemana. Otros recordaban que la ciudad cayó en 1453, pero nadie que haya paseado hoy por Estambul confundiría el tráfico y la lira con un país rico. El sueño se nutre de una imagen congelada, alimentada por telenovelas de sobremesa.
Si naces en Estambul, soñarás con Frankfurt
El golpe de gracia llegó con una reflexión tan sencilla como demoledora: si hubieras nacido en Estambul, estarías ahora mismo quejándote del atraso del país y fantaseando con nacer en Frankfurt. El problema no es el lugar. La insatisfacción crónica, esa que lleva a pensar que la vida es mejor en otro sitio, viaja contigo a todas partes. Es el mismo motor que movía al Liceo de Galatasaray: esa obsesión por la calidad y la superioridad que, aplicada a la geografía, se convierte en una condena.
El dato que descoloca: el lema de ese Liceo idílico está en francés, la lengua de otro imperio. La superioridad siempre se proclama en idioma de otros. Y los que nacieron en Estambul probablemente estén ahora mismo preguntándose cómo sería la vida en la maravillosa Andorra.