La tesis del colapso: 10 años de depresión que nunca acaban de llegar
El S&P 500 va a caer y con él se abre una década de miseria. La afirmación se repite desde 2023 con gráfico anual en mano y, de momento, acumula prisa y cero aciertos. El argumento central no es una corazonada: en el
MACD del índice en gráfico anual —la montaña verde que mide los impulsos del precio y que gana fiabilidad cuanto mayor es la temporalidad— el precio marca máximos mientras el volumen que entra al mercado baja. Esa divergencia, sostiene el análisis, es una bomba de relojería. Y la mecha lleva encendida más de dos años.
El S&P 500 en gráfico anual: impulso al alza y volumen a la baja
El indicador dibuja una montaña ascendente mientras el dinero nuevo entra con cuentagotas. Leído al pie de la letra, eso significa que el precio sube sin respaldo y que la corrección es cuestión de tiempo. La predicción de la crisis de 2022, se recuerda, llegó con un año de antelación usando la gráfica mensual. Con esa carta de presentación, el pronóstico se endurece: o un
intervalo de diez años parecido al que separó el estallido de las punto com de las hipotecas subprime, o un crack del 29 con recesión profunda y derivada geopolítica. La ventana preferida para el desastre es siempre octubre, aunque la miseria llegue poco a poco.
El diagnóstico se extiende más allá de un índice. Ciudades estadounidenses que se vacían hacia el sur, una Europa que no levanta cabeza, China pagando las consecuencias de unas medidas covid alargadas en el tiempo y una Latinoamérica donde, se sostiene, el socialismo se ha instalado casi en la totalidad del continente. Los candidatos a esquivar el golpe serían Japón, Australia e India.
Cinco actualizaciones del gráfico entre 2023 y 2025
El seguimiento del pronóstico funciona como una cuenta atrás con prórrogas. En agosto de 2023 se anunciaba un otoño muy complicado para la renta variable, con
Michael Burry y Warren Buffett supuestamente preparados para la gran caída y un consejo explícito: no estar al cien por cien invertido. En enero de 2024 llegó el giro maximalista, con un supuesto fondo de inversión valorado en
10.000 millones de dólares señalado como detonante de la mayor depresión de todos los tiempos y de un conflicto abierto entre Oriente y Occidente.
En julio de 2024 la excusa fue tecnológica: la inteligencia artificial y los semiconductores mantenían la patata caliente al alza y la elección de Trump podía estirar el ciclo hasta 2026. En enero de 2025 el mensaje era que se entraba en el tiempo de descuento, con un año de margen como mucho antes del colapso, la
crisis de deuda y el recorte de las pensiones contributivas. En abril de 2025, el reconocimiento implícito de que el rebote seguía en pie: los que compraron en plena burbuja se preguntan si vuelve a subir, el oro deja de parecer seguro por encima de los 3.000 y la apuesta pasa a Bitcoin. El resumen gráfico:
pinta negro.
¿Por qué sube la bolsa si la economía no acompaña?
Porque, según esta lectura, los mercados dejaron de reflejar la economía real hace tiempo. El argumento no es peregrino: la deuda es insostenible, las ejecuciones hipotecarias aumentan, la alimentación se ha disparado y hay trabajadores estadounidenses viviendo en sus coches por no poder pagar una casa o un alquiler. Que el índice suba en ese contexto solo se explica, se dice, inyectando deuda en el sistema sin tregua. Una de las teorías que circulan, atribuida al analista Alberto Iturralde, sostiene que los mercados se mantienen dopados para que los demócratas ganen las elecciones en Estados Unidos.
La contra replica que la deuda es infinita porque siempre se puede imprimir más, y que las guerras, como la del Golfo, limpian pasivos vía inflación. A eso se suma el argumento más incómodo para cualquier agorero:
desde 2020 la bolsa solo ha ido hacia arriba, con toda la miseria alrededor. Quien estuvo invertido se protegió de la inflación; quien esperó el crash perdió poder adquisitivo. El aviso de un escenario prolongado no es nuevo, pero tampoco gratuito: el market timing, recuerdan, es mal consejero, y conviene guardar leña seca para echar cuando caiga en lugar de salir corriendo.
¿Cuántos años dura una depresión, diez o treinta?
Depende de a quién se le pregunte, y la horquilla es amplia. Hay quien considera que diez años es una ingenuidad y eleva el castigo a
entre 20 y 30 años, con la advertencia de que hay que reconstruir el sector primario y el secundario para salir del agujero. Otros sostienen que la depresión ya está aquí y lleva dos décadas en marcha, y que los únicos que no se han enterado son los nacidos antes de 1970. El trasfondo es el mismo: cada crisis se sale con menos clase media y peor poder adquisitivo que la anterior.
Los más agoreros añaden el pico del petróleo como suelo estructural y hablan de un descenso de ochenta años. Enfrente, la tesis de la crisis provocada y de laboratorio: sin quiebras sistémicas ni grandes empresas caídas, el episodio podría cerrarse en cuanto se desatasque el golfo. El cálculo del coste de la energía completa, con la lista de consecuencias encadenadas, queda para quien quiera revisarlo entero.
¿Dónde refugiarse: Bitcoin, oro o petróleo?
Ni el oro ni la renta variable salen bien parados. El metal precioso deja de considerarse seguro por encima de los 3.000, y la recomendación sobre Bitcoin es mecánica: comprar cuando el
MACD entra en zona roja en gráfico semanal y no vender nunca, salvo euforia generalizada en los mercados. Ojo con el detalle macro: si la oferta de crudo se tensa, el petróleo puede irse por encima de los
150 dólares, con empresas parando actividad, carreteras desiertas, cortes de luz y chabolismo. Y el ladrillo tampoco escapa: mejor periferia que centro de ciudad, porque los centros se van a poner feos y las cuotas de comunidad impagadas serán la norma.
La tesis lleva tres años actualizándose y tres años equivocándose en el calendario. La divergencia entre impulso y volumen seguirá ahí, el cisne negro seguirá sin fecha confirmada y la ventana de octubre volverá a abrirse cada año. Si el colapso llega en 2026, en 2027 o en 2035, nadie lo sabe; lo que sí puede afirmarse es que quien decidió mantenerse fuera del mercado desde 2023 ha pagado por ello. Y que los que ahora meten dinero en fondos sin saber qué compran son, precisamente, la señal que esta tesis siempre señala.