Un joven de 27 años sin empleo ni relaciones: la cara oculta de la recuperación
¿Qué se le dice a un chico de 27 años que asegura no haber trabajado nunca, no haber dado un beso y estar convencido de que su vida no tiene salida? Nada de lo que aparece en los informes de empleo. La confesión, escrita con la urgencia de quien ha tomado un exceso de medicación y no sabe si seguirá despierto, ha puesto sobre la mesa lo que las estadísticas de paro juvenil no cuentan: la soledad y la depresión también son un problema económico.
Una vida detenida a los 20
El relato es demoledor. Tiene 27 años, terminó el instituto hace una década y, desde entonces, nada se ha movido. Sin experiencia laboral, con fobia social y depresión severa, pasó de refugiarse en el deporte a plantearse el internamiento psiquiátrico. La psiquiatra se lo recomendó: la ira y la frustración ya no caben en una consulta. En su propio seguimiento, confiesa que siente que desperdició su adolescencia y su juventud. El caso, anónimo y crudo, no es un hecho aislado: la incapacidad de proyectar un futuro es la marca de una generación que llega a los treinta sin haber despegado.
Mil euros al mes y un 40% de impuestos
La conversación deriva hacia la economía, y aquí es donde el caso se convierte en radiografía. Uno de los comentarios resume el techo laboral que se ofrece a quien empieza: trabajar de ocho a ocho por mil euros. Si consigues más, Hacienda se queda con cerca del 40%, según se apunta, aunque para llegar a ese tramo haya que ganar lo bastante como para que el problema... sea otro. La comparación con Estados Unidos aparece: un inmigrante sin papeles puede embolsarse entre mil y mil quinientos dólares por semana, una cifra que en España parece de ciencia ficción. Ante eso, la idea de irse como ilegal deja de ser descabellada y se convierte en un plan de huida.
La soledad no deseada también es un coste
El autor del texto no oculta el origen de su desesperación: no haber dado un beso a sus 27 años, ser virgen, no tener novia. La falta de habilidades sociales, reforzada por la timidez y lo que él describe como sus dificultades de relación, le llevó a dejar pasar las oportunidades. Las respuestas son de todo tipo: quien le sugiere acudir a un servicio de compañía, quien le recomienda aplicaciones de contactos, quien le dice que a los 32 tampoco ha besado a nadie y que el mundo no se acaba. Pero el estigma sigue ahí: en pleno siglo XXI, la virginidad masculina tardía sigue siendo un motivo de vergüenza que se calla, y que cuando se grita, revienta.
Apoyo, indiferencia y crueldad
Lo que más llama la atención de este caso es la variedad de reacciones que provoca. Hay quien le dice que es muy joven, que aún tiene tiempo, quien le pide que deje los entornos negativos y se rodee de gente positiva. Hay quien le recomienda ver a un profesional de la salud mental sin rodeos. Y hay también quien le acusa de victimismo, quien le dice que su problema es el ego, e incluso quien le espeta que su vida no tiene sentido. En medio, la sugerencia de internamiento como último recurso. La red de apoyo, en definitiva, es una lotería: puedes caer en brazos de alguien que te sostenga o en alguien que te empuje.
La eutanasia como tabla de salvación
El joven plantea, sin ningún pudor, que necesita una eutanasia. No habla de un final deseado, sino de una salida. En un país que ha legalizado la eutanasia para el sufrimiento físico, el debate sobre el sufrimiento psíquico queda cojo. Sus palabras —«nunca debí haber nacido»— resuenan como un aldabonazo. Mientras la economía celebra cifras de crecimiento, el coste humano de la precariedad no aparece en los titulares. Y cuando aparece, se responde con crueldad o con silencio.
La economía crece, el PIB sube, y mientras tanto alguien decide si mañana seguirá tomando pastillas. Hay quien dice que la recuperación ya ha llegado. Para otros, la recuperación es no haber empezado a vivir.