El endurecimiento laboral que se avecina: jornadas más largas y menos derechos
La advertencia circula con una mezcla de cabreo y resignación: si la derecha llega al Gobierno, el ajuste no vendrá por el despido, sino por la letra pequeña del contrato.
Jornadas de diez horas, salarios por debajo del SMI y un recorte de la negociación colectiva son los escenarios que se dibujan en una discusión que arranca con una tesis incómoda: la clase trabajadora se ha quedado sin representación parlamentaria y el castigo se va a repartir igual, gobierne quien gobierne.
El punto de partida es una acusación sin matices: la derecha no es patriota, es una máquina de explotación que agita banderas para tapar lo que de verdad pretende. Y la izquierda, dice el arranque, vive en una burbuja que le ha dado la espalda al que se levanta a las seis. El resultado es un vacío de representación que se va a cobrar factura.
Qué se espera del próximo ciclo político
El pronóstico dominante no es un despido masivo, sino un goteo: más horas, menos convenio, más facilidad para despedir. Hay quien sostiene que el bloque liberal va a aprovechar el estropicio para
tirar derechos a la basura y que después la izquierda volverá a subirse al carro del descontento. Es el bucle perfecto: unos destrozan, los otros se lucran del destrozo.
La comparación con el pasado reciente aparece varias veces. El votante joven que ahora se ilusiona con la derecha se llevará la misma hostia que se llevó el que creyó en la izquierda emergente hace una década. La conclusión es amarga:
más régimen de 1978, con o sin cambio de siglas.
El mercado laboral que ya existe
Antes de discutir el futuro, el retrato del presente: empresas con beneficios históricos y trabajadores en la mierda. La patronal y la clase política, se argumenta, van de la mano en lo que de verdad importa: mano de obra abundante que compita por las migajas. El efecto sobre el salario es de manual:
cuanta más gente dispuesta a aceptar lo que sea, menos margen para exigir.
En ese contexto, la jornada partida y el SMI se convierten en el campo de batalla. Hay quien prefiere seis horas y abolición de la jornada partida aunque el país se llene de trabajadores dispuestos a currar diez por menos del mínimo. La lógica es retorcida pero tiene su hilo: si el ajuste va a llegar igual, mejor que llegue rápido y con las cartas boca arriba.
La inmigración como variable económica
El papel de la inmigración en el mercado laboral es el eje que cruza casi toda la discusión. Una parte sostiene que no es que no trabajen, es que aceptan condiciones que un trabajador criado en el Estado del Bienestar ya no traga, y que esa disposición presiona a la baja el salario de todos. Otra parte responde que el problema no es el que llega, sino el que se aprovecha de que llegue.
El dato que se repite: la presión sobre la vivienda y la competencia por empleos de baja cualificación. El diagnóstico más duro habla de
sustitución de la clase obrera y de un electorado que ya no vota a la izquierda porque la izquierda dejó de hablarle de lo suyo.
El cálculo que nadie se atreve a cerrar
En medio del ruido hay un ejercicio que se queda a medias y que merece la pena seguir: cuánto aguanta un asalariado medio con una jornada de diez horas y sin SMI. El desglose partida a partida —alquiler, cesta de la compra, transporte, suministros— da una diferencia que sorprende, pero nadie lo cierra del todo. Es el tipo de cuenta que conviene tener hecha antes de que la hagan por nosotros.
El pronóstico más repetido no es una revolución ni una huelga general: es una erosión silenciosa. Menos derechos, más horas, un inquilino perpetuo que no puede permitirse una baja larga. Y una pregunta que se queda flotando: si el ajuste va a llegar igual, ¿para qué votar?