Figaredo pide una bomba atómica para entrar en TVE
La
televisión pública vuelve al centro del disparo. En el contexto de la discusión sobre el futuro de RTVE y su financiación, un mensaje atribuido al entorno de Vox —recogido en un tuit de la cuenta de Rita Ortega— sitúa al dirigente Figaredo afirmando que en TVE «no hay que entrar con lanzallamas, ni con moto sierra», porque sus gestores «son unos ladrones», y que la fórmula correcta sería «entrar con una bomba atómica». La frase, difundida como captura, ha servido de detonante para una discusión que va mucho más allá del exabrupto: quién paga la tele, quién la controla y si tiene sentido mantenerla tal y como está.
El tuit original no se queda en la hipérbole. Añade una cifra concreta: los 120.000 euros al año que, según ese mensaje, cobraría un familiar directo de un expresidente económico. El dato se lanza sin más respaldo que la propia publicación, pero funciona como munición en una conversación donde la crítica a la televisión pública se mezcla con la crítica al enchufismo.
De la hipérbole al debate sobre el modelo
La primera reacción mayoritaria no discute la forma. Discute el fondo: si el problema es el sectarismo, la solución no es un lanzallamas, sino el cierre o la privatización. «Me basta con que cierren la televisión pública, la retórica hiperbólica que usen para expresarlo me trae sin cuidado», resume una de las posturas más repetidas. Otra corriente directamente pide privatizarlo todo y equiparar TVE a las cadenas privadas, con el argumento de que ninguna televisión pública escapa al sesgo del gobierno de turno.
Hay quien va más allá y sostiene que el problema no es TVE, sino el conjunto del sector público audiovisual, incluidas las televisiones autonómicas, descritas como «antros sectarios de parásitos». La propuesta recurrente es la misma: gasto racional, publicidad como fuente de financiación y, en el límite, cierre.
¿Es TVE más sectaria ahora que con el PP?
Aquí el consenso se rompe. Una parte de los mensajes sostiene que la manipulación de TVE es estructural y viene de lejos: «desde el NODO hasta el último telediario, la televisión de este país siempre ha sido propaganda a favor del régimen que gobernara en ese momento». Bajo esa lógica, criticar solo la etapa actual sería hipocresía.
La respuesta contraria no tarda: se argumenta que la televisión pública nunca fue tan descaradamente partidista como ahora, y se cita la parrilla —programas de entrevistas y espacios de entretenimiento contratados fuera de la plantilla— como prueba de que el ente se ha convertido en un altavoz. El contraargumento es que el PP también usó TVE para su propaganda y que la memoria selectiva es el deporte nacional.
Quién paga la televisión pública y quién debería pagarla
La propuesta más repetida no es la bomba atómica, sino algo más prosaico: que la financiación deje de salir de los Presupuestos Generales y pase a ser voluntaria. Se plantea una casilla en la declaración de la renta, un código de acceso tipo plataforma de pago y que cada ciudadano decida si quiere financiar el servicio. La idea, formulada en varios mensajes, es sencilla: si es tan buena, que se autofinancie con publicidad como el resto.
El obstáculo es evidente y también aparece en la conversación: el voto es secreto, pero la financiación no. Cualquier sistema de casilla obliga a decidir en voz alta, y eso tiene un coste político que ningún gobierno quiere asumir.
El ruido de fondo: corrupción, enchufismo y memoria histórica televisiva
La discusión deriva hacia terrenos más amplios. Se mencionan los enchufes, las plazas heredadas y el reparto de puestos entre los partidos que han gestionado el ente. «Hay un montón de sobrinas a colocar», resume un mensaje que apunta a que el problema no es de un solo partido. La conclusión implícita: nadie cierra TVE porque nadie quiere renunciar a su cuota de pantalla.
También aparece la comparación con el franquismo, con la televisión de los años ochenta y con la nostalgia de una parrilla supuestamente más divertida y menos ideologizada. La discusión se enreda en si aquella televisión era mejor o simplemente era otra cosa, y en si la idealización del pasado es un síntoma o una coartada.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el de siempre: si el problema es el modelo, la solución es el cierre o la reforma; si el problema es quién lo controla, la solución es cambiar al controlador. Y mientras tanto, la bomba atómica sigue siendo una hipérbole que nadie se toma al pie de la letra, pero que sirve para recordar que la televisión pública es, todavía, un campo de batalla.