El malestar de las élites progres con los controles en Schengen
La gestión de la inmigración española ha vuelto a colocar al país en el punto de mira europeo, pero el malestar ahora llega desde un sector inesperado: las propias élites progresistas. Las informaciones sobre controles adicionales a los viajeros que aterrizan en Italia procedentes de España han encendido las quejas de quienes hasta hace poco restaban importancia a las advertencias sobre seguridad fronteriza.
En los aeropuertos italianos, según las fuentes consultadas, los pasajeros que salen de España son separados en colas de inspección específicas. Un matiz técnico que no conviene perder: la medida se aplica según el punto de origen del vuelo, no según la nacionalidad del pasajero. Es decir, incluso un turista alemán que vuele desde Madrid se enfrentará a esos filtros adicionales al llegar a Roma o Milán. Es la sospecha sobre el país, no sobre el individuo, lo que manda.
La reacción ha dejado al descubierto una contradicción incómoda. La misma clase social que defiende discursos aperturistas en materia migratoria y desprecia las políticas de control, ahora se siente agraviada porque sus escapadas de fin de semana se complican. Que les toquen los viajes, y las convicciones ideológicas empiezan a resentirse. El fenómeno no es nuevo: a lo largo de la historia, los privilegios materiales han sido el mejor termómetro para medir la solidez de las certezas progresistas.
De momento, el asunto se queda en incomodidad y colas. Pero el símbolo es poderoso: si España es vista como un socio de segunda categoría en el espacio Schengen, el impacto trasciende los aeropuertos. Afecta a la imagen del país, a su reputación y, a la larga, a su capacidad de influencia. Y eso, a la vista está, inquieta sobre todo a quienes tienen más que perder.