Milei blinda su tercio legislativo y hunde al peronismo
La escena se repite en cada elección argentina: pasadas las nueve de la noche, el recuento se atasca, el jefe de Gabinete aparece en pantalla para pedir paciencia y el país entero mira su móvil con el gesto torcido. Esta vez el retraso tenía una excusa técnica —llegar al 100% de las mesas escrutadas—, pero el resultado que asomó en cuanto se abrió el grifo fue cualquier cosa menos ambiguo. Con el 90% de las mesas contadas y una participación del 68%, La Libertad Avanza se colocaba en el
41% de los votos, muy por encima de lo que los propios sondeos del oficialismo se atrevían a pronosticar apenas unas semanas antes.
El segundo puesto quedaba para Fuerza Patria, con un 24,50%, seguido de Provincias Unidas (5%) y el Frente de Izquierda (4%). La oposición territorial que aspiraba a convertirse en bisagra —los gobernadores del llamado camino de medio— se desinfló hasta quedar muy por debajo de sus expectativas. Y en el bastión kirchnerista de Buenos Aires, donde el peronismo venía de ganar las legislativas provinciales, el escrutinio se seguía con lupa porque ahí se jugaba algo más que escaños.
Qué se votaba y por qué importaba tanto
A mitad del mandato presidencial, Argentina renueva la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado. La particularidad de esta cita era que Milei llegó a la Presidencia sin estructura legislativa propia: sin diputados, sin senadores, sin gobernadores y sin intendentes. Todo lo que construyera en las urnas partía de cero.
El umbral mínimo que se había fijado el oficialismo era claro: un tercio de los votos, suficiente para bloquear cualquier intento de juicio político que la oposición peronista tenía preparado. El escenario óptimo era otro: sumar aliados cercanos hasta alcanzar quórum propio y poder presentar leyes complejas sin depender de nadie. Los primeros datos conocidos apuntaban a que el primer objetivo estaba cubierto con holgura y el segundo, sorprendentemente, al alcance de la mano.
El nuevo sistema de boleta única
Estas elecciones estrenaron el sistema de boleta única, una novedad que sustituye al viejo modelo de una papeleta por partido. El cambio tiene consecuencias medibles: se elimina el robo de boletas entre formaciones, se reduce el gasto estatal en impresión —antes se financiaban millones de papeletas por cada candidatura—, se agiliza el voto al no tener que rebuscar entre decenas de boletas dentro de la mesa y mejora la fiscalización, porque desaparece el agujero por el que entraban los llamados votos mágicos cuando un partido no tenía fiscal presente.
El Gobierno central quería publicar totales nacionales, pero la oposición se impuso y exigió que los resultados se ofrecieran provincia a provincia, convencida de que ese formato le favorecería. El cálculo les salió al revés: el mapa que se fue dibujando mostró un avance del oficialismo incluso en territorios donde no se esperaba.
Quién gana y quién pierde
El balance provisional deja tres lecturas. Milei obtiene un respaldo superior al temido, y lo hace después de un mes de filtraciones y campañas de desgaste contra su partido. Los gobernadores que aspiraban a convertirse en árbitros legislativos quedan muy por debajo de lo esperado y pierden capacidad de negociación. Y el peronismo, que venía de ganar en Buenos Aires, se enfrenta a un resultado nacional que debilita su posición.
En términos parlamentarios, el oficialismo sumaba
doce senadores y entre
49 y 50 diputados, una cifra que le permitiría bloquear el juicio político y, con apoyos puntuales, alcanzar el quórum. La primera camada de legisladores llegó sin partido nacional consolidado; esta vez hubo tiempo para depurar listas y el perfil de los elegidos es, en general, más sólido.
El apoyo financiero de Estados Unidos
En la semana previa, Estados Unidos comprometió
20.000 millones de dólares adicionales para reforzar el programa económico argentino, además de adelantar fondos para comprar bonos y vender dólares, evitando así una escalada del tipo de cambio o un derrumbe de la deuda. La oposición peronista esperaba que ese respaldo explícito jugara en contra del oficialismo por la vía del discurso nacionalista. No ocurrió.
La pregunta que sobrevuela ahora es qué pasa con el dólar. Hay quien sostiene que nadie querrá bajarlo mucho más allá de 1.450 pesos y que un rango cercano a 1.550 sería tolerable si no se traslada a precios. El escenario más pesimista parte de que la devaluación llegará tarde o temprano y golpeará el consumo de los sectores más vulnerables, que ya viven al día. El cálculo completo de cuánto margen tiene el Banco Central para sostener el tipo de cambio, desglosado partida a partida, es el tipo de material que solo se encuentra hurgando en los números finos.
La inflación y el debate sobre la dolarización
La inflación argentina ronda el 30% anual y el objetivo oficial es bajarla al 20% y, a plazos más largos, al 3%. Con esas cifras, las tasas de interés cercanas al 40% no son un capricho: buscan frenar la compra de dólares tentando al ahorrista con rendimientos altos. Cuando la economía vuelva a la normalidad, las tasas se parecerán más a las europeas.
Sobre la dolarización, la respuesta honesta es que nadie tiene certeza de si se implementará. La lógica dice que eliminar la moneda propia impide que un futuro gobierno emita de más, pero también priva al país de flexibilidad cambiaria. A esta altura del mandato, no parece una prioridad. Mientras tanto, la economía se dolariza de facto para el ahorro y los bienes grandes, y se indexa para todo lo demás.
El malestar que no se ve en las urnas
En los mercados de barrio el relato oficial no cuadra. Los precios siguen igual o suben, las ventas caen y cada vez menos gente hace acopio. Hay quien argumenta que la pobreza extrema se ha moderado porque el poder de compra de la ayuda social se duplicó, y quien responde que eso no compensa la caída general del consumo. La discusión sobre qué pasará cuando el ajuste llegue al bolsillo de los que hoy votan al oficialismo queda abierta.
Con estos resultados, la migración de capital político hacia el oficialismo debería ser masiva. Los datos de consumo, sin embargo, cuentan otra historia. Nadie termina de cuadrar la brecha.