Núcleo Nacional y el oro de Gladio: la guerra interna que nadie gana
¿Qué pasa cuando una formación que se presenta como alternativa acaba devorada por sus propias contradicciones? El caso de Núcleo Nacional y su órbita de polemistas ilustrados ofrece un retrato incómodo: un proyecto que se pretende integrador y termina señalando como traidor a todo el que no le rinde pleitesía. El detonante recurrente es siempre el mismo:
Gladio, la acusación comodín que sirve para desacreditar cualquier crítica. «El oro es Gladio, el oro es de traidores que no dejan imprimir ahí a discreción», resume una de las consignas que circulan en el entorno.
De la crítica política al ajuste de cuentas personal
El patrón se repite con una insistencia que roza lo paródico. Un polemista responde durante año y medio a un vídeo de veinte minutos que se mofaba de él, embistiendo contra todo lo que se mueva. La secuencia es siempre la misma: crítica, respuesta desproporcionada, etiqueta de
Gladio al disidente. Hay quien describe el resultado como «el ridículo de los mazaos escondidos», una fórmula que resume el desgaste de quien confunde el debate de ideas con la guerra de trincheras.
La paradoja de fondo es más interesante que el espectáculo. Una formación que se vende como católica e integradora convive con un núcleo filosófico que eleva la nación a categoría de religión secularizada. El resultado, según una de las descripciones más afiladas que circulan, es «una especie de engendro malparido»: panteísmo ilustrado por un lado, marxismo apropiado por otro, Heidegger mal digerido por un tercero. Todo ello con pretensión de pureza doctrinal.
¿Por qué el marxismo aparece en el punto de mira?
La acusación de marxismo funciona como arma arrojadiza en ambos sentidos. Desde un flanco se sostiene que «el marxismo es el refugio de los degenerados, los torcidos y los desviados», una formulación que dice más del que la lanza que del acusado. Desde el otro, se reprocha a los polemistas ilustrados que ataquen el cristianismo como caballo de Troya mientras mantienen a Marx en la estantería sin señalar la contradicción.
El argumento tiene su lógica interna: si toda la base del nacionalismo revolucionario bebe de Marx, la coherencia exigiría aplicar el mismo rasero. No se hace. Y ahí aparece la grieta que muchos señalan: un pensador que se vende como desentrañador de verdades irrefutables no soporta que le apliquen su propio método.
La cuestión identitaria que nadie quiere abordar
El debate deriva con frecuencia hacia el terreno identitario, donde las posiciones se endurecen. Una corriente sostiene que la identidad racial solo se problematiza cuando se percibe amenazada, y que la respuesta adecuada es la afirmación sin matices. Otra advierte del riesgo de importar categorías ajenas al contexto europeo. Entre ambas, el espacio para el análisis sereno se reduce.
La pregunta que sobrevuela todo el intercambio es incómoda: ¿qué proyecto político se construye sobre la sospecha permanente de traición? Cuando el criterio de pertenencia se reduce a la respuesta a una única pregunta sobre el pasado familiar, el resultado no es una comunidad política sino una secta en guerra contra el mundo. Y las sectas, por definición, se consumen a sí mismas.
Al final, la conclusión más honesta es la que menos se escucha: el problema no es Gladio, ni el oro, ni el marxismo de la estantería. El problema es que nadie ha explicado todavía para qué sirve todo esto. Y mientras no se explique, la guerra interna continuará. Con o sin traidores.