El rey propone a Feijóo y todo el mundo mira al PNV
El rey ha propuesto a Alberto Núñez Feijóo para que intente la investidura, y ese gesto, por sí solo, no cambia un solo escaño. La presidenta del Congreso, Armengol, confirmó el paso y con él arranca el reloj constitucional. A partir de ahí, todo es aritmética:
el PP tiene la firma del jefe del Estado, pero no tiene los votos. Y ese detalle, el único que de verdad decide, ha colocado al PNV en el centro de un tablero que no eligió jugar.
La propuesta del rey no mueve ningún escaño
El primer punto que se repite es que la propuesta regia no decide nada. Según el artículo de la Constitución que regula el trámite, el rey podría postular al candidato que quisiera: se llega a decir, llevando el caso al absurdo, que incluso podría proponer a un familiar sin un solo diputado detrás. La escenificación sirve para repartir turnos, no para inclinar mayorías.
Puro papel.
De ahí sale una consecuencia incómoda. Si la norma que obliga al rey a proponer es un formalismo, casi todo lo demás también lo es, incluido el modo en que se aprueban leyes o se gobierna a golpe de decreto. Hay quien lo plantea como advertencia: si lo formal vale, vale para todo.
La política real la escriben los grupos, no la Zarzuela. La objeción es razonable, y nadie ha sabido explicar todavía por qué un trámite se carga de significado según quién lo ejecute.
El PNV y la aritmética que decide la votación
Aquí está el nudo. La diferencia de socios entre los dos escenarios posibles es enorme.
Al PP le bastaría con el PNV; al PSOE le harían falta PNV, Bildu, ERC, Junts y los gallegos. Muchos platos que repartir y pocos favores gratis. Ese reparto convierte al partido vasco en árbitro de una votación que no firma.
Pero el PNV no tiene una jugada limpia. Si sostiene un gobierno conservador, Bildu lo explotará en cada mitin; si sostiene al PSOE, exactamente igual.
Su rival sale beneficiado en los dos escenarios. Una corriente de análisis sostiene que la salida menos mala pasa por apoyar al PP y arrancar concesiones que presentar como propias ante su electorado. Otra apunta lo contrario: votar en contra de cualquier candidato y aguantar. Ninguna de las dos resulta cómoda.
Bildu y las elecciones vascas que lo cambian todo
El horizonte temporal tampoco ayuda. Se apunta a que Bildu será la primera fuerza del País Vasco cuando lleguen las elecciones autonómicas del próximo verano, en buena parte por el voto joven. Eso obliga al PNV a mirar menos a Madrid y más a su propia supervivencia. Una tesis que circula dice que a los nacionalistas les conviene dejar pasar primero al candidato del PP, para que cuando voten en contra de Sánchez nadie pueda reprocharles haber votado lo mismo que Vox.
La lectura más agresiva va más lejos: si el PNV aguanta hasta las vascas, podrá pedirle a Sánchez la autodeterminación y presentarse a las urnas con ese trofeo bajo el brazo. En paralelo, se especula con que quien respalda a Sánchez desde dentro sale mejor parado que quien lo apoya desde fuera. La sospecha de fondo es que el PSOE reparte prebendas y cesiones entre sus socios.
Unos milloncejos más para la causa.El precedente de Rajoy y el miedo al gobierno débil
La comparación con el pasado está servida. Se recuerda que Rajoy, en su momento, declinó la proposición de investidura cuando no tenía los números. Ahora falta, se dice, esa dignidad o esa prudencia. Sobre el escenario alternativo, un gobierno del PP en minoría, pesa otro temor: que cualquier ejecutivo débil quede a merced de una moción de censura y de un goteo constante de exigencias.
El diagnóstico más duro es el del gasto. Se argumenta que un gobierno acorralado terminaría contentando a todos a base de
deuda e impresora, con tal de que nadie salga a la calle: barra libre, y el que venga detrás que arree. Es la crítica clásica al endeudamiento como anestesia política, aplicada ahora a cualquiera que ocupe La Moncloa con los números justos.
¿Qué pasaría si se repiten las elecciones?
La repetición electoral flota en el ambiente. Se habla de que para Navidad podríamos estar otra vez en las urnas, y no faltan los paralelismos con lo ocurrido en Grecia, donde la parálisis terminó alumbrando un gobierno tecnócrata. La hipótesis gana peso porque nadie quiere comerse el marrón que se avecina, el que se asocia en el hilo a la deflación.
Una lectura más incómoda apunta a que el proceso está tutelado de lejos. Se sostiene que el Banco Central Europeo espera a que España forme gobierno para activar reformas y que, sin ejecutivo, la disyuntiva es un batacazo o seguir prestando dinero sin condiciones.
Demasiado grandes para caer, repiten. Con ese argumento, la presión nunca viene del lado que conviene al votante.
Con este cuadro, lo más probable es que el PNV mantenga la ambigüedad hasta el último minuto y que la investidura de Feijóo naufrague. Conviene apostar poco, eso sí: si algo demuestra este pulso es que los cálculos que parecían cerrados se desmontan en una tarde, y que quien cantó el resultado por adelantado no quedó bien. La única certeza es el calendario, y el calendario también corre.