La contradicción que no incomoda: discurso antiinmigración y novia latina
En las conversaciones de barra de bar y en los comentarios de internet se repite una escena: un hombre de unos treinta años, votante declarado de la derecha más dura, que defiende el cierre de fronteras y las deportaciones masivas, y que al mismo tiempo sale con una mujer latinoamericana. La imagen genera perplejidad. ¿Hipocresía? ¿Doble moral? ¿O simplemente la vida privada no entiende de ideologías?
La economía de los afectos
Hay quien sostiene que no hay contradicción alguna. El argumento es que el discurso político se dirige al colectivo, no al individuo. Se puede estar en contra de la inmigración masiva y, al mismo tiempo, enamorarse de una persona concreta. Es la lógica de la «economía de incentivos»: al votante le molesta el migrante que compite por su trabajo, pero la pareja es un producto de importación que no compite en el mercado laboral. El indicador de violencia retórica y el afecto cama van en direcciones opuestas.
El mercado matrimonial
Otra corriente apunta a que la elección de pareja responde a valores. Se argumenta que muchas mujeres españolas se han alejado de los roles tradicionales, mientras que las latinoamericanas son percibidas como más femeninas, más católicas y más dispuestas a asumir el papel de cuidadoras. Para algunos hombres, esa combinación resulta atractiva. No es una cuestión de ideología, sino de preferencias personales. De hecho, el fenómeno no es exclusivo de la derecha: también hay independentistas con parejas latinas.
La hipocresía percibida
Para otros, la contradicción es evidente. Se señala que algunos de los que más critican la inmigración son los que se benefician de ella en su vida privada. Es la vieja historia del que fuma y predica contra el tabaco. Pero también hay quien responde que pedir una norma para el país no implica que uno deba renunciar a su felicidad personal. Sería absurdo, dicen, que un ciudadano no pudiera enamorarse de alguien de otro país por coherencia política.
Lo que el debate deja es una paradoja: mientras más duro es el discurso contra la inmigración, más atractiva parece la pareja migrante. Quizás la política es una cosa y el deseo otra. Pero el dato que descoloca es que, según los análisis, el discurso y la cama no se contradicen: se complementan. La retórica construye vallas, pero la cama no entiende de fronteras.