El germen de la venganza: cómo crece la narrativa de los juicios postCovid
Cuando Noruega admitió a trámite una demanda contra su gobierno por «crímenes de lesa humanidad» en la gestión de la pandemia, una parte de la sociedad respiró con la certeza de que la historia les daría la razón. No importaba que la demanda partiera de investigadores sin respaldo institucional: la semilla estaba plantada. En paralelo, un científico de la Universidad de California aseguraba haber examinado 1.500 muestras PCR sin encontrar el virus, solo «enfermedades concomitantes». Dos piezas que, unidas, alimentaron una corriente imparable: la exigencia de una rendición de cuentas que, para algunos, solo se salda con fusilamientos.
La demanda noruega: ¿golpe de efecto o punto de inflexión?
El documento, enviado a la policía de Alesund y a la Corte Penal Internacional, acusa al gobierno noruego de haber planificado intencionalmente una pandemia falsa. Aunque las posibilidades de que prospere son mínimas, el simple hecho de que exista un cauce legal para estas acusaciones ha dado alas a quienes sostienen que la comunidad internacional debería repetir los juicios de Núremberg con los gestores de la crisis sanitaria. La analogía es recurrente: «Núremberg para todos los covidiotas», se lee en los mensajes más compartidos. La cuestión no es si la demanda llegará a algún sitio, sino qué revela sobre el estado de ánimo de una parte de la población.
El científico californiano y el espejismo de las 1.500 muestras
El doctor Andrew W., con un doctorado en virología e inmunología, afirma haber analizado 1.500 muestras «supuestamente» positivas en el sur de California aplicando los postulados de Koch y microscopía electrónica. Su conclusión: el SARS-CoV-2 no estaba presente; las muertes se debían a patologías previas. Sin embargo, ningún estudio replicado ni revisado por pares respalda estos hallazgos. La comunidad científica lo ignora, pero en el ecosistema digital esta afirmación circula como prueba irrefutable de un engaño global. Es el mismo patrón que convierte una queja aislada en un arsenal de desconfianza.
Del escepticismo a la beligerancia explícita
El lenguaje se ha endurecido hasta límites insospechados. La frase «os queremos de rodillas pidiendo perdón antes de fusilaros» no es una metáfora: en los fragmentos del debate se repite como un mantra, a veces variada («os queremos fusilados, pidáis o no perdón»). Se mezclan denuncias de muertes hospitalarias con PCR negativo, acusaciones de suicidios provocados y referencias a políticos concretos. Un ejemplo: un forero relata cómo su suegra ingresó por una úlcera con PCR negativo y murió «por COVID» según los médicos, un caso que su novia lleva ahora a tribunales y televisiones. Son historias que, verdaderas o no, alimentan la espiral de radicalización.
La fractura social que nadie quiere ver
Más allá de las teorías conspirativas, lo que emerge es una brecha insalvable entre dos visiones del mundo: quienes consideran las medidas sanitarias un crimen de lesa humanidad y quienes las ven como necesarias. El debate ya no es médico ni técnico; es existencial. «Prefiero a Hitler que a los Reyes Católicos», llega a escribirse, en un alarde de descontextualización histórica. La pregunta que queda en el aire es si esta escalada verbal acabará pasando factura más allá de los foros, o si se disolverá como una burbuja de odio estéril.