Pues lo es, aunque usted no quiera verlo o le resulte más cómodo mirar hacia otro lado. La diferencia no es anecdótica: para un albañil, la calidad de vida que puede alcanzar en Noruega está a años luz de la que España le ofrece. No se trata solo del salario. Se trata de poder emanciparse, formar una familia, acceder a una vivienda y construir un proyecto de vida con una mínima seguridad y dignidad. En España, para los jóvenes eso ha dejado de ser una expectativa razonable para convertirse casi en un privilegio.
Y ahí reside la paradoja más amarga. Ese albañil que España expulsa económicamente es exactamente el trabajador que España necesita. Hace falta para construir las viviendas que permitirían a miles de jóvenes emanciparse, tener descendientes y dejar de contemplar la emigración como única salida. Pero esas viviendas no se construyen porque el país lleva décadas atrapado en una estructura política y administrativa disfuncional: burocracia asfixiante, urbanismo capturado por intereses particulares, corrupción, inseguridad regulatoria y una clase dirigente mucho más eficaz protegiendo rentas y privilegios que resolviendo problemas.
España no solo pierde trabajadores. Pierde población joven, capacidad productiva, familias futuras y capital humano mientras mantiene intactos muchos de los mecanismos que provocan esa sangría. Y después se sorprende de que falten trabajadores, de que no nazcan niños y de que los jóvenes no puedan comprar una casa.
No es una fatalidad económica. Es el resultado de decisiones, incentivos y estructuras que llevan años castigando precisamente a quienes deberían tener más razones para quedarse.