Iglesias dice que Díaz «ha trabajado para destruir Podemos»
Pablo Iglesias lo ha dicho sin anestesia: «Me arrepiento de haberle entregado tanto poder. Ha trabajado para destruir Podemos». La frase, recogida por
electomanía, no es una reflexión tardía de un exvicepresidente jubilado. Es el reconocimiento explícito de que quien fuera su número dos en el partido, Yolanda Díaz, ha terminado por dinamitar la estructura que él mismo construyó. Y de paso, la confesión de un método: el poder no se ganaba en primarias, se otorgaba desde arriba.
La reacción no se hizo esperar. La lectura dominante en la conversación pública es que Iglesias no lamenta haber concentrado poder, sino haberlo puesto en manos ajenas. «Qué desprendido el tío. Cómo repartía poder», resume una ironía que se repite en mil variantes. La acusación de fondo es más incómoda: si el partido se hundió, fue porque su arquitecto diseñó una organización de lealtades personales, no de contrapesos internos.
De dónde venía Yolanda Díaz y por qué se le entregó el mando
Díaz no llegó a la vicepresidencia por un proceso de primarias. Llegó porque Iglesias la colocó. Ese es el dato que vertebra toda la discusión. Quien hoy reclama que Podemos vuelva a ser «una opción electoral autónoma» fue quien diseñó el mecanismo por el que el partido dejó de serlo. La paradoja no se le escapa a nadie: el mismo que denuncia la destrucción del proyecto fue su principal ingeniero.
Hay quien sostiene que el error no fue elegir a Díaz, sino creer que podría manejarla. «Se creyó que podía manejarla como a sus otras majorettes y resulta que se la levantó Don Guapo y la puso a bailar lo que quiso», apunta una línea de análisis que circula con insistencia. La tesis es que el poder real no se otorga ni se retira por decreto: una vez cedido, el cesionario tiene sus propios planes.
El chalet, los pioletazos y la teoría del ego como causa del hundimiento
El diagnóstico más repetido no apunta a Díaz. Apunta a Iglesias. «A Podemos lo mató una visillera, eso y los pioletazos de Pablo a cualquiera que le hiciese sombra», sostiene una corriente que cifra en el 90% la responsabilidad del hundimiento achacable al ego y la falta de moral del fundador. La imagen del chalet de Galapagar funciona como símbolo recurrente: el líder que denunciaba la casta acabó instalado en ella.
La secuencia que se reconstruye es implacable. Iglesias abandonó la vicepresidencia del Gobierno para presentarse en Madrid y evitar la desaparición de Podemos. Perdió. Y al perder, dejó un vacío de poder que Díaz ocupó sin resistencia. «Cuando el payaso este se estrella se crea un vacío de poder», describe un análisis que subraya la contradicción entre el discurso rupturista y la práctica del dedazo.
¿Fue Yolanda Díaz una traidora o simplemente una estratega mejor?
Aquí la conversación se parte en dos. Una parte sostiene que Díaz es «experta en apuñalamientos», que acumula cadáveres políticos a sus espaldas y que su ascenso se explica por la cuota, no por el mérito. Otra parte, menos ruidosa pero más letal, responde que el problema no es Díaz: es que Iglesias «no ha ganado según tú, ya sabes lo que toca». Es decir, si te purgan a la persona que enchufaste, el fallo es del sistema que diseñaste.
La comparación con Darth Sidious y Darth Vader aparece como chiste, pero describe bien la relación: el maestro que forma a un aprendiz y descubre demasiado tarde que el aprendiz ya no le necesita. «Él hubiera hecho lo mismo si le hubieran dejado, pero ha dado con alguien que es infinitamente mejor estratega que él», resume una de las valoraciones más compartidas.
El regreso a la casilla de salida: «Podemos tiene que volver a ser autónomo»
La petición de Iglesias de que Podemos recupere su autonomía electoral suena, en este contexto, a confesión de fracaso. Si el partido necesita volver a ser autónomo es porque dejó de serlo bajo su propio mandato. La frase «se tiene que hacer visible» admite implícitamente que llevaba tiempo invisible, diluido en una coalición que ya no controlaba.
El problema, señalan las lecturas más escépticas, es que el retorno a la autonomía no resuelve la causa del hundimiento. Si el partido se construyó sobre lealtades personales, reconstruirlo exige algo más que un tuit. Exige contrapesos internos que nunca existieron. Y exige explicar por qué quien denunciaba el dedazo lo practicó con entusiasmo.
Lo que queda del proyecto y lo que nadie termina de admitir
El balance que emerge es el de un partido que aprovechó un descontento general con el bipartidismo y una crisis para meter la cabeza donde jugaban los grandes, y que se desangró por múltiples heridas: la traición de Errejón, la fuga de cuadros, la conversión en satélite de una coalición mayor. Pero el 90% de los cortes, insisten, son achacables a una sola persona.
La predicción con reservas es esta: Podemos puede intentar reconstruirse como marca autónoma, pero sin resolver la contradicción entre discurso asambleario y práctica del dedazo, el intento naufragará. El problema nunca fue quién ocupaba el sillón. Fue que el sillón se diseñó para que solo uno pudiera ocuparlo.