Margallo: el «sí es sí» fue el arma de Sánchez contra Podemos
El mismo Gobierno que impulsó la ley del «sí es sí» habría dejado que se desangrara sola, sin mover un dedo por salvarla. La tesis no sale de un mentidero: es lo que
Margallo soltó delante de Carmen Calvo y de Pablo Iglesias, y ninguno de los dos la desmontó con ganas. Calvo replicó con un «vaya fantasía». Iglesias se quedó mudo. Mientras tanto, el daño ya estaba hecho: excarcelaciones, rebajas de condena y una ministra defendiendo en el Parlamento un texto que su propio socio reformaba.
La explicación que se repite es la del comandante que ordena bombardear su propio búnker mientras lo asaltan. El proyectil daña el fuerte, sí. Pero daña más a quien intenta entrar. Traducido al caso: el enemigo a batir era Podemos y la ley fue la munición.
Un autobombardeo del Estado, lo llaman.
Qué se atribuye a Sánchez y qué contestan sus socios
La acusación, en términos estrictos, es de dejación calculada: el presidente sabía que la norma iba a liberar a condenados por delitos sexuales y permitió que ocurriera. Puestos a elegir entre dos relatos incómodos, el análisis deja poco margen: o el Ejecutivo sabía lo que venía, o es un Ejecutivo incapaz de aplicar una sola ley. No hay tercera vía amable.
La réplica tiene su propia lógica y no es floja. El texto es ley porque lo aprobó el Legislativo; por tanto, es el Legislativo quien responde de los efectos de su publicación en el
BOE. Si la voluntad del Gobierno hubiera sido otra, la norma ni se habría aprobado o se habría revertido mucho antes. Ese es, al menos, el argumento que se esgrime frente a la tesis del sabotaje.
Quién votó la ley del «sí es sí» en el Congreso
Aquí el relato se complica. El registro de votaciones del Congreso, según el recuento que se cita en el hilo, recoge votos en contra del grueso del PP, toda Vox, un parlamentario del PNV y cuatro diputados del grupo mixto. Con ese reparto, sostener que el desastre fue obra exclusiva de un solo partido se sostiene mal.
También hay preguntas abiertas. Se pregunta qué intención tenían los diputados que también votaron a favor de convertir el texto en ley y por qué el PNV o Ciudadanos se sumaron a lo que después todos llamaron error. El paripé posterior, con PSOE y PP corrigiendo el desaguisado, tampoco cuadra con la versión de la torpeza sobrevenida.
La consecuencia de la ley que el ruido dejó en segundo plano
El foco público se quedó en las excarcelaciones. Hay quien sostiene que el problema de fondo es otro: la norma invierte la carga de la prueba en materia de consentimiento, de modo que es el acusado quien debe acreditar que hubo consentimiento expreso. Llevado al extremo, ese razonamiento dibuja un escenario en el que cualquier encuentro heterosexual queda en un limbo probatorio difícil de resolver sin un documento firmado. Es una tesis discutida y discutible, pero apunta a un cambio de reglas que genera más dudas que certezas.
En el mismo saco se mete la
ley trans, presentada como otro texto diseñado para incomodar y para movilizar al electorado contrario más que para resolver un problema real. La crítica de fondo no es jurídica, es política: se legisla para el titular del día siguiente.
De la defensa del «sí es sí» al «feminismo integrador»
Sánchez sostiene ahora que los discursos de Irene Montero han «incomodado» a los hombres y apela a recuperar un «feminismo integrador». El giro, recogido por
20minutos, llega cuando el desgaste ya es difícil de revertir para su exsocia de coalición y suena menos a rectificación doctrinal que a cambio de relato con el daño ya cobrado.
Y el cálculo del que se habla no incluye resucitar a nadie. Margallo lo cierra así: a Podemos solo le queda elegir el modo de desaparecer, diluido en Sumar o con un batacazo en solitario, al estilo de Ciudadanos o de UPyD. Hace siete años esa formación aspiraba al
sorpasso al PSOE. Hoy la discusión es si el sorpasso se lo hizo el propio Sánchez por la vía de meterlo en el Gobierno de coalición.
Si la ley estaba mal hecha a propósito, ¿por qué la corrección la firmó el mismo partido que la parió? Y si no lo estaba, ¿a qué venía tanta prisa por reformarla justo el día antes de la movilización del 8M?