Una de las personas más perezosas que conozco acabó un buen día fregando platos en un restaurante para poder comer algo, porque tenía hambre física.
Me explicaba que la comida con la que le pagaron el fregar le supo a gloria pura. Y le curó el hambre de ese día, sí, pero no la pereza, que mantiene.
Si sus padres fuesen riquísimos y viviese del cuento con todo lujo, nadie se lo habría echado al cara, al contrario, muchos la habrían elogiado.