Planes de pensiones: el refugio fiscal que ya casi no lo es
Con el límite de aportación anual reducido a 1.500 euros, el plan de pensiones individual ha pasado de ser un vehículo de ahorro fiscal masivo a un producto de nicho. Antes se podían meter 8.000 euros al año; hoy la cifra ha quedado tan mermada que la ventaja se desvanece para la mayoría de los asalariados.
El gran timo o la herramienta adecuada según el perfil
Hay quien lo califica directamente de timo. El argumento es contundente: sumas las aportaciones, descontadas de IRPF, pero al rescatar tributas como rendimiento del trabajo. Si además metes inflación y comisiones del 1-2% anual, el resultado neto es similar o peor que un depósito a plazo. Para colmo, las reglas cambian con cada gobierno: lo que hoy es deducible, mañana puede tributar de forma distinta.
Sin embargo, para rentas altas (por encima de 50.000 euros anuales) el diferimiento fiscal sigue siendo rentable si se rescata en tramos bajos durante la jubilación. También tiene utilidad en la planificación de la herencia, ya que reduce la base del impuesto de sucesiones. Y si la empresa aporta al plan, entonces es un beneficio directo sin discusión.
Cifras que matan el mito
El límite actual de 1.500 euros por persona (menor entre esa cantidad y el 30% de los rendimientos del trabajo) convierte la desgravación en algo casi testimonial. Con un tipo marginal del 45%, el ahorro máximo es de 675 euros al año. Frente a la pérdida de liquidez y el riesgo regulatorio, no parece un negocio redondo.
La diferencia fiscal entre comunidades también juega: en País Vasco y Navarra las condiciones son más favorables, lo que genera agravio para el resto.
¿Merece la pena atar el dinero durante décadas a cambio de un diferimiento cada vez más raquítico? Con las pensiones públicas en el horizonte, la respuesta depende más de la letra pequeña y de la confianza en que las reglas no cambien que de cualquier otra variable.