Sánchez se rebela contra las «mentiras» del debate
Pedro Sánchez no rectifica y desde luego no se disculpa. Tras el cara a cara televisado con Alberto Núñez Feijóo, el candidato socialista publicó un mensaje en el que convertía la rebeldía en programa: «ME REBELO ante la sarta de mentiras que se dijeron en el debate», escribió. En el mismo texto añadía dos frentes más: el blanqueo, dice, de un partido machista como Vox y el uso descarnado del terrorismo, que a su juicio rompe la unidad en torno a las víctimas. Prometió repetirlo «cada vez que suceda».
El gesto admite tres lecturas y las tres están sobre la mesa. Para unos es la constatación de que el relato del debate no le cuadra a la Moncloa. Para otros, puro
electoralismo. Y hay una tercera: que la palabra rebelo, repetida tres veces en mayúsculas, haya dejado de ser un diagnóstico para convertirse en marca de campaña.
Qué dice exactamente el mensaje de «me rebelo»
El texto es corto y va en tres golpes. Primero, la acusación: sostiene que en el debate se dijo una sarta de mentiras, sin especificar cuáles. Segundo, la advertencia sobre Vox, al que califica de partido machista y acusa de quedar blanqueado por los pactos con el Partido Popular. Tercero, el terrorismo: denuncia un uso descarnado que, afirma, quiebra la unidad en torno a las víctimas. La frase final —«y lo voy a seguir haciendo cada vez que suceda»— convierte la indignación en amenaza de continuidad.
Lo llamativo no es el contenido, material de campaña puro, sino el envoltorio.
Rebeldía insumisa en un presidente del Gobierno. Ocurre en plena campaña del 23J, mientras su partido presume de gestión económica, lo que deja una imagen difícil de encajar: el candidato que exhibe datos se presenta a la vez como el que se levanta contra el sistema.
La Junta Electoral y el expediente por Bruselas
Al margen del plató, el frente más incómodo es el administrativo. La Junta Electoral habría decretado la apertura de un expediente sancionador al candidato socialista por electoralismo, según las informaciones que se manejan. El origen estaría en la rueda de prensa que dio en la Representación Permanente de España en Bruselas, donde calificó los pactos entre Vox y el PP como un retroceso y presumió de los buenos resultados económicos de su mandato.
El expediente traslada una queja de campaña al terreno formal. Si prospera, deja al Gobierno en la posición de tener que defenderse por lo que dijo desde un edificio oficial en el extranjero. Es el tipo de frente que no se cierra con un tuit.
El voto por correo y la comparación con el Capitolio
La conversación derivó enseguida hacia la maquinaria electoral. Desde la izquierda se comparó la petición de Feijóo de prestar atención al voto por correo con el asalto al Capitolio protagonizado por seguidores de Trump. «Esto que sugiere maliciosamente Feijóo sobre Correos es gravísimo», señala una de las reacciones, antes de añadir que en Estados Unidos todo empezó así.
En paralelo circula la sospecha de que un amigo de Pedro Sánchez está al frente de Correos y otro controla el CIS. El argumento se repite a modo de aviso de que
el puchero está calentando y pone en duda la neutralidad de ambos organismos. No viene acompañado de prueba alguna, así que conviene decirlo sin rodeos: son afirmaciones, no hechos acreditados.
El dato que acaba decidiendo: la cesta de la compra
Aquí la campaña se cruza con la economía doméstica, que es donde se juega la mayoría. Hay quien defiende que el país salió de una pandemia y una crisis energética con la economía mejor que en la etapa de Rajoy. Y hay quien responde con la lista de la compra: galletas que costaban 1 € y ahora se pagan a 1,40 €, un gasto familiar entre un 20% y un 40% más alto que año y medio antes, un coche nuevo que sale 10.000 € más caro que el anterior siendo un modelo inferior.
Son cuentas particulares, no estadísticas oficiales, y como tales deben leerse. Pero explican por qué el «me rebelo» suena tan distinto según el bolsillo de quien lo escucha. Al votante al que no le cuadran las cuentas, la rebeldía le suena a música; al que las cuadra, a excusa.
¿Por qué el «me rebelo» genera tanto ruido?
Porque toca dos fibras sensibles a la vez. La primera es la confianza: si el presidente sostiene que en el debate se mintió, la pregunta inmediata es quién miente y con qué pruebas. La segunda es el terreno: el mensaje coloca la campaña en el marco del machismo y del terrorismo, dos asuntos en los que el adversario no puede responder sin entrar al barro.
Y en el fondo late una paradoja de manual. Un mensaje de rebeldía es lo contrario de un mensaje de gestión, y este Gobierno llega a las urnas con la economía como principal aval. Rebelarse no convence por el bolsillo; convence por la identidad.
Queda campaña por delante y el expediente, si sigue su curso, tiene recorrido. Lo probable es que el «me rebelo» acabe funcionando como banda sonora del tramo final y que cada mitin sea una variación del mismo texto. Ahora bien, con la cesta de la compra apretando y el voto por correo bajo sospecha, calcular cuánto de esa rebeldía se convierte en papeletas es adivinar. Nadie tiene la cifra. Ni ellos.