Nebot reprocha a Cercas sin leer su libro
La periodista Marta Nebot protagonizó un momento incómodo en televisión al reprochar al escritor Javier Cercas que en su nuevo libro «blanqueara» a la Iglesia, para después admitir que no lo había leído. El episodio, difundido en redes, desató un aluvión de críticas que trascienden lo anecdótico: la discusión derivó hacia el papel del ateísmo militante, el sesgo anticatólico en los medios y la supuesta sustitución religiosa en Europa. Hay quien sostiene que el ateísmo estaría en retroceso frente al avance del islam y del evangelismo cristiano.
El ridículo como síntoma de un sesgo selectivo
El intercambio entre Nebot y Cercas se convirtió en el detonante de un debate más amplio. La periodista cuestionó que el escritor ateo no arremetiera contra la Iglesia en su obra, pero no había leído el libro. Esa combinación de ignorancia y consigna —reprochar sin conocer— fue leída por muchos como la prueba de un doble rasero: se exige beligerancia contra el catolicismo, pero se guarda silencio ante otras religiones. «Es una atea rara, que le molesta solo la iglesia», resume una intervención. La acusación de «cristianofobia» se repite: la crítica no sería al hecho religioso en sí, sino al hecho religioso católico.
¿Es el ateísmo militante una forma de anticatolicismo?
Una corriente mayoritaria en el análisis sostiene que el laicismo militante no es neutral: se aplica con dureza contra la Iglesia católica, pero se muestra tibio o directamente ausente frente al islam o el protestantismo. «Dicen ser ateos y laicos pero jamás sueltan sus proclamas ateas y laicas contra el islam o incluso contra los protestantes, porque realmente no son ni ateos ni laicos, sino anticatólicos», señala una de las intervenciones más repetidas. Otra añade: «las sinagogas no le molestan a la atea, y las mezquitas tampoco parecen molestarle». El argumento de fondo es que el ateísmo, tal como se practica en ciertos círculos mediáticos, funciona como una etiqueta para atacar una religión concreta, no todas.
La tesis de la sustitución religiosa y el retroceso atea
Frente a la idea de que el ateísmo avanza, varios mensajes sostienen lo contrario: el ateísmo estaría en franco retroceso por el avance del islam y del evangelismo cristiano, fenómenos que se perciben como una «sustitución étnica y religiosa». «Con toda la cantidad de amigos con el Islam, y de Panchos con el evangelismo cristiano y la brutal sustitución étnica que se está llevando a cabo, es al revés, el ateísmo está en franco retroceso», afirma un participante. La tesis no se apoya en estadísticas, sino en la percepción de un cambio demográfico y cultural que, según esta corriente, desborda a los ateos militantes y los deja sin discurso.
El ateísmo como religión de Estado y la agenda 2030
Otra línea de análisis equipara el ateísmo militante a una religión sustitutoria. «El socialismo es la última gran religión semítica», se llega a decir, con el argumento de que Marx provenía de una familia de raíces hebreas y que El Capital funciona como un texto sagrado. En esa misma órbita, se acusa a la Agenda 2030 de ser «otra religión» con sus propios dogmas. La conclusión que se extrae es que el ser humano no abandona la fe, sino que la traslada a ideologías seculares: feminismo, ecologismo, relativismo moral o independentismo actuarían como nuevos cultos. «Lo que quiere es sustituir una religión por otra, la suya», se afirma.
El contraargumento: la barbarie de las religiones y la defensa de la razón
No todas las intervenciones van en la misma dirección. Una voz discrepante defiende que el abandono de las supersticiones religiosas es un avance civilizatorio: «espero que así sea y cuanto más pronto mejor que la gente cada vez más abandone absurdas supersticiones de nómadas follacabras de la edad del bronce». Este participante sostiene que la alternativa a la razón es «la barbarie» y que las creencias irracionales —terraplanismo, chemtrails, magufadas— son el verdadero peligro. La discusión deriva entonces hacia si el ateísmo es una postura racional o simplemente otra fe: «El ateísmo es como cualquier religión, cuestión de fe», zanja otro.
La cuestión de fondo: ¿puede un ateo criticar solo a la Iglesia?
El núcleo del malestar no es tanto el ateísmo como su aplicación selectiva. La pregunta que sobrevuela es por qué un ateo militante no dedica la misma energía a criticar el islam o el judaísmo. La respuesta que se repite es que el ateísmo mediático es en realidad una forma de anticatolicismo cultural, heredero de una tradición que ve en la Iglesia el enemigo principal. «Ateísmo y Laicismo son palabras en clave para Anticatolicismo», sentencia una intervención. El episodio de Nebot, con su mezcla de desprecio y desconocimiento, habría servido para hacer visible ese mecanismo.
El análisis se atasca en un punto: si el ateísmo avanza o retrocede, y si su versión militante es coherente o es solo una máscara. No hay datos que lo resuelvan. Solo posiciones enfrentadas y la sensación de que el debate sobre Dios es, en realidad, un debate sobre poder cultural.