La petición de una periodista de El País que indignó a los hombres: ¿cambiar de acera para no asustar?
Una periodista de El País sugirió que los hombres se cambien de acera al cruzarse con una mujer para que ella se sienta más segura. La propuesta, lejos de generar consenso, ha desatado una oleada de críticas que cuestionan la base misma del razonamiento. Lo que empezó como un consejo bienintencionado se ha convertido en un símbolo de la creciente brecha entre géneros y de cómo las soluciones superficiales pueden esconder problemas más profundos.
La trampa de la percepción frente a los datos
El argumento central de la periodista es que una mujer puede sentirse amenazada al cruzarse con un hombre desconocido, especialmente de noche. La recomendación: que el hombre se desvíe para evitarlo. Sin embargo, los críticos señalan que la sensación de inseguridad no siempre se corresponde con el riesgo real. Los datos de criminalidad muestran que la mayoría de las agresiones sexuales ocurren en entornos conocidos y por personas del círculo cercano, no por desconocidos en la calle. Por tanto, cambiar de acera no reduce el peligro real, sino que alimenta una paranoia infundada.
Además, se ha señalado la paradoja de que este tipo de medidas pueden aumentar el riesgo: si las mujeres se sienten más seguras porque los hombres se apartan, podrían bajar la guardia en situaciones donde el peligro es real. Como se ha dicho en el análisis, "solucionamos un problema imaginario y agravamos el real".
El doble rasero de la seguridad
Otra corriente de opinión apunta a la hipocresía: mientras se pide a los hombres que se aparten, no se exige lo mismo a otros colectivos con tasas de criminalidad más altas. La comparación con los años ochenta, donde la gente se apartaba de los yonkis para evitar problemas, se ha repetido como ironía. Ahora se pide lo mismo con los hombres, como si todos fueran agresores potenciales.
La cuestión de fondo es si estamos ante una medida de cortesía o una imposición basada en prejuicios. La mayoría de los comentarios rechazan la idea por considerarla paternalista y sexista, además de inútil. "Si tanto miedo tiene, que coja un taxi", resume una postura extendida. Otros, más sarcásticos, proponen que sea la mujer la que se cambie de acera si se siente insegura.
El coste de la desconfianza
Más allá del anécdota, este debate revela un problema más amplio: la erosión de la confianza social. Cuando una recomendación así se convierte en tema nacional, es señal de que algo no funciona en la convivencia. La periodista, que firmó con un nombre masculino (Jacobo), recibió críticas incluso por ese detalle, acusada de apropiarse de una perspectiva que no le corresponde. El vídeo que acompañaba su artículo ya era antiguo, pero las reacciones no han envejecido bien.
La pregunta que queda en el aire es si este tipo de propuestas ayudan o entorpecen la lucha por la igualdad. Por ahora, la evidencia apunta a que generan más ruido que soluciones.
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