La periodista que retrató al asesino rubio de Tailandia y desató la ira del personal
Un cirujano plástico joven, rubio, de buena planta y con un cadáver a sus espaldas. La combinación —belleza física, violencia extrema y un artículo firmado por una periodista conocida— bastó para que la conversación derivara en pocas horas hacia un único terreno: el de quienes sostienen que el atractivo del detenido le está granjeando una compasión mediática que la víctima nunca recibió. El texto de
El Español que originó todo esto no defendía al asesino. Precisamente lo contrario. Pero eso, en según qué foros, importa poco.
Qué decía realmente el artículo sobre el asesino rubio
El texto firmado por Carme Chaparro, periodista de
El Español, arranca describiendo al detenido con una enumeración que suena a anuncio: juventud, belleza, abdominales, piel clara bronceada, media melena rubia maltratada por el calor y el salitre, ascendencia ilustre y cierto aire torturado. Y a continuación, el giro:
«Pero es un asesino». La autora contrapone esa imagen al perfil del cirujano plástico, al que describe como alguien lejano, y a la víctima, a la que califica sin matices. La conclusión del artículo es explícita:
«No puede haber compasión. Ni pobrecito. Ni qué pena de vida».
El problema, a la hora de leerlo, es que buena parte de quienes entraron a comentarlo lo hicieron sin haberlo leído. Algunos lo reconocieron abiertamente: el titular y el arranque invitaban a pensar en una loa al detenido. Cuando alguien reprodujo el cuerpo completo del texto, varios tuvieron que rectificar.
«En este artículo no defiende a Sancho, al revés», admitió uno. Otro remató:
«Precisamente critica que la gente defienda al asesino por ser guapo».
Por qué se acusa a la periodista de sentir atracción por el detenido
La acusación más repetida no tenía que ver con el contenido del artículo, sino con la supuesta intención de quien lo escribió. La tesis dominante en buena parte de la conversación fue que la periodista dedicaba el texto a un asesino confeso porque le atraía físicamente.
«Charo menopáusica anhelando antiguos vestigios de gloria», resumió uno.
«Charo moja bragas por asesino guaperillas, nada que no haya sucedido antes», añadió otro, que fue uno de los mensajes más respaldados.
El argumento se apoyaba en una premisa que nadie se molestó en verificar: que el artículo era una defensa del detenido. Cuando se comprobó que no lo era, la acusación no desapareció, sino que mutó. Ya no era que la periodista lo defendiera, sino que lo había descrito con demasiado detalle. La enumeración de la belleza del asesino, que en el texto funcionaba como contraste moral, se leyó como morbo.
«La periodista necesitó varias mudas de ropa interior para terminar el artículo», escribió uno de los participantes.
El doble rasero que se denuncia en el tratamiento mediático del crimen
El hilo derivó pronto hacia una tesis más general: que el atractivo físico del detenido estaba condicionando la cobertura. Un participante planteó el experimento mental que se repitió varias veces:
«Que una tía buena hubiera cometido el crimen y que un tío hubiese escrito el mismo artículo, veríamos lo que decía la puta esa». La formulación es tosca, pero el fondo del argumento —que el género del autor y del protagonista cambia la recepción— apareció en múltiples variantes.
Otro mensaje, de los más valorados, apuntó en dirección distinta:
«Y en este foro de mierda, le insultan no por ser un asesino descuartizador de mierda, sino por ser un guaperillas malote que se parecía al que los puteaba en el colegio». La acusación, esta vez, no iba contra la periodista, sino contra quienes la criticaban: envidia, resentimiento de clase, identificación con el agresor del patio de colegio.
«ENVIDIA, y más envidia, es lo que denotan algunos de vuestros mensajes», escribió otro.
El perfil del detenido y el relato del crimen en Tailandia
Los detalles del caso que se mencionan en la conversación son escuetos y llegan siempre de refilón. Se habla de un cirujano plástico, de un crimen cometido en Tailandia, de un detenido de buena presencia y de una víctima a la que el artículo describe como tal sin ambages. Un participante resumió el perfil con una frase que condensa el desconcierto:
«Lo tenía todo a favor, habiendo ganado la lotería genética, y se dedicó a hacer de chapero con un panchito cojo para después arruinarse la vida cargándoselo».
La descripción es la de un hombre que, según esta lectura, tenía recursos, físico y oportunidades, y acabó detenido por un homicidio. Esa combinación —privilegio desperdiciado— es la que alimenta la irritación. No es el crimen en sí, que nadie discute, sino la sensación de que el autor del artículo dedicó más líneas a la melena del detenido que al cadáver.
La evolución de la conversación: de la indignación al ajuste de cuentas interno
El hilo empezó como una reacción contra la periodista y terminó como una pelea entre los propios participantes sobre quién tenía derecho a indignarse. Los primeros mensajes fueron de rechazo frontal al artículo. A mitad de la conversación, alguien reprodujo el texto completo y varios tuvieron que reconocer que la crítica original estaba mal dirigida.
«Gracias a usted por traerlo, papelera y lefazo para los que entran como miuras», escribió uno de los que rectificaron.
A partir de ahí, el foco se desplazó. Ya no se discutía el artículo, sino la reacción que había provocado. Un mensaje muy respaldado lo formuló sin rodeos:
«Todos en este foro de maricones saben lo que tienen que hacer para pillar chortinas, pero como buenos doriteros que son, no tienen los cojones de hacerlo». La invectiva, dirigida contra los propios contertulios, cerraba el círculo: la indignación por el trato mediático al asesino guapo acabó siendo una discusión sobre la vida sexual de quienes se indignaban.
Queda el dato que descoloca. El artículo que provocó todo esto no defendía al asesino. Lo llamaba asesino, llamaba víctima a la víctima y negaba explícitamente cualquier compasión. Y aun así, durante horas, la conversación giró en torno a la atracción que supuestamente sentía quien lo escribió. La lectura del texto completo llegó tarde y no cambió el tono. Cuando alguien señaló que el problema era de comprensión lectora, la respuesta fue otra acusación personal. El asesino rubio, mientras tanto, seguía sin aparecer por el hilo más que como excusa.