Putin cobrará el gas en euros, pero vía Gazprom Bank
Alemania seguirá pagando el gas ruso en euros. La garantía la dio Vladimir Putin a Olaf Scholz en una llamada telefónica que, según el gobierno federal alemán, pidió el propio presidente ruso, y que el portavoz del ejecutivo, Steffen Hebestreit, confirmó en Berlín la noche del 30 de marzo de 2022. El mismo Putin que días antes había anunciado que una ley obligaría a pagar el gas en rublos a partir del 1 de abril. Las dos cosas conviven, y de ahí sale el enredo.
La letra pequeña del anuncio alemán es tan importante como el titular. Los socios contractuales europeos seguirían liquidando
exclusivamente en euros y, como es habitual, transferirían el dinero a Gazprom Bank, entidad no afectada por las sanciones. El banco convierte luego esos euros en rublos. Y Hebestreit remató con un matiz que rebaja bastante la euforia: Scholz no dio su consentimiento a ese procedimiento, solo pidió que se lo explicaran por escrito.
Un pago en euros con conversión en Moscú
El mecanismo tiene una virtud para Moscú y una trampa para Berlín. La virtud: el rublo deja de ser una moneda que nadie quiere y pasa a ser el paso obligado de un flujo de divisas que mueve miles de millones. La trampa: si el pago se sigue ingresando en euros y es el banco ruso quien hace el cambio, el comprador europeo no toca el mercado de divisas, no compra rublos y no necesita abrir cuentas en Rusia. Cambia el envoltorio, no el contenido.
De ahí la pregunta incómoda. ¿Esto es una jugada maestra o una retirada disfrazada? Ambas lecturas circularon a la vez. Una parte del análisis sostiene que Rusia blinda su moneda al ligarla al gas y se reserva la capacidad de modular el precio. Otra responde que pagar en euros y comprar rublos con euros para pagar en rublos es exactamente lo mismo, un trámite administrativo sin efecto real sobre la cotización. La discusión, a estas alturas, sigue abierta.
¿Qué cambia realmente el 1 de abril?
En teoría, la ley rusa entra en vigor esa fecha y las entregas de gas pasan a liquidarse en rublos. En la práctica, lo que Berlín describe es un flujo idéntico al anterior con una conversión añadida al final del recorrido. El propio Hebestreit subrayó que
el acuerdo del G7 sigue siendo válido, es decir, que Alemania no reconoce haber cambiado de moneda de pago.
El problema es que la versión del Kremlin y la del ejecutivo alemán no encajan. Moscú insiste en el rublo como condición; Berlín insiste en el euro como realidad. Y una de las dos partes se está quedando con el lector. La conclusión más repetida estos días es tan simple como brutal: o mienten los alemanes o mienten los rusos, y los próximos días dirán quién.
El 40% ruso contra el 4% europeo
Aquí está el dato que ordena todo el tablero. Lo que Rusia exporta a Europa supone alrededor del
40% del total de sus exportaciones, mientras que lo que Europa exporta a Rusia ronda el
4%. La asimetría es enorme y de ella se extrae una conclusión que se repite: quien tiene la sartén por el mango no está en Bruselas.
El razonamiento sigue: si Europa deja de comprar, Rusia pierde su principal motor de crecimiento y su capacidad de colocar ese volumen en otro sitio es limitada, porque la infraestructura de gasoductos apunta hacia el oeste. La contra, igual de razonable: Europa tampoco encuentra sustituto inmediato y un corte brusco golpearía antes a la industria alemana que al erario ruso.
Para que el rublo funcionara como moneda de referencia de los hidrocarburos haría falta algo más que una ley: habría que venderle gas a medio mundo. Es el mecanismo que construyó el petrodólar, y no se replica con una llamada telefónica. También pesa el argumento de que no existe oro en el mundo suficiente para mover el volumen del comercio internacional, por mucho que se especule con un patrón oro ligado al rublo.
¿Quién miente: la prensa alemana o la rusa?
La prensa rusa informa de que se cobra en rublos. La alemana, de que se paga en euros. Las dos pueden estar describiendo el mismo mecanismo desde ángulos distintos, o una puede estar adornando el resultado. Sin la letra del contrato y sin las cuentas de Gazprom Bank, la discrepancia no se resuelve.
Conviene recordar el detalle que se perdió entre titulares:
la llamada la pidió Putin y el portavoz alemán no quiso decir que su canciller hubiera aceptado nada. Es el patrón habitual de estas crisis. Cada capital vende a su opinión pública la versión que le conviene y el mercado de divisas decide con la suya: el rublo se apreció y volvió a niveles previos tras conocerse el mecanismo de conversión.
La señal que llega desde Washington
Mientras Europa y Rusia discuten la divisa, Washington dio un paso discreto en dirección contraria. El
24 de marzo la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro publicó una licencia general que dejó fuera de posibles sanciones los fertilizantes minerales rusos, incluidos en la lista de productos vitales. La razón que se señala es el déficit emergente en el mercado mundial tras el golpe a la logística de los suministros rusos.
El gesto no tiene nada que ver con la buena voluntad. Tiene que ver con que sancionar aquello de lo que dependes acaba siempre mal. Es el mismo problema que Europa tiene con el gas, con el añadido de que aquí el relato debe cuadrar con la posición oficial de cada gobierno.
Lo que falta por ver
Nadie ha cortado nada todavía. No hay anuncio de interrupción del suministro, ni fecha para ella, y la conversión de euros a rublos descrita por Berlín se parece mucho a un apaño para que las dos partes puedan decir que han ganado su pulso. Si el mecanismo funciona, el rublo gana un aval simbólico sin que Europa ceda nada formalmente. Si falla, el siguiente movimiento no será una nota de prensa.
La apuesta más prudente no es la más ruidosa: las dos capitales necesitan que el gas siga fluyendo y las dos necesitan parecer firmes. La probabilidad de que la factura del próximo trimestre se pague igual que la del anterior es alta. La de que alguien explique con precisión cómo se hizo, bastante menor.