Putin: de la cultura europea solo quedarán monumentos
Vladímir Putin sostiene que de la cultura europea no quedará nada salvo monumentos y que los liberales globalistas están envenenando la mente de la gente. Lo dijo sin matizar y desde una posición que él mismo se atribuye:
Rusia como centro de la cultura y la tradición europeas, con la cristiana como base incluso para los no creyentes. La afirmación, difundida junto a la comparecencia, abrió una discusión que arranca en el diagnóstico cultural y termina, casi siempre, en la demografía.
Qué dijo Putin sobre la cultura europea y por qué incomoda
El diagnóstico tiene dos patas. Una, cultural: la conciencia de cada pueblo estaría siendo intoxicada por un liberalismo globalista desconectado de la realidad. Otra, de identidad: los rusos se habrían convertido en depositarios de una tradición europea que Europa Occidental habría soltado. El problema, señalan las primeras reacciones, es que un discurso así deja mal a casi todo el mundo. A los dirigentes occidentales, sostiene una de las corrientes más repetidas, incapaces de hablar de esto sin que se les desmonte el argumentario. Y a la izquierda que apoya a una Rusia tradicionalista ortodoxa, atrapada entre su antiamericanismo y el modelo social que respalda.
Hay una parte del análisis que concede a Putin un mérito formal más que ideológico:
no habla en «politiqués». Frente al lenguaje de Bruselas, hecho de circunloquios, el ruso nombra las cosas. De ahí que se le escuche con más atención de la que su contenido merecería. Otra lectura añade que dice lo que el votante occidental no se atreve a decir por complejo de culpabilidad colonialista, y que el único colonialismo que se reivindica hoy sin rubor es el anglosajón.
¿Cuántos musulmanes hay en Rusia comparado con Europa?
Aquí el asunto se cuantifica. Se afirma que
solo en Moscú hay tantos musulmanes como en España entera y que la Unión Europea ronda el 5%, la mitad que Rusia. La defensa de ese dato no es demográfica sino histórica: la población musulmana rusa llevaría siglos asentada en el territorio y, se sostiene, se identifica con el país. En la UE, en cambio, se subraya que la cifra crece de forma acelerada mientras baja la de cristianos.
La contrarréplica es siempre la misma y no termina de rebatirse:
la comparación no cierra. Si el crecimiento es exponencial en Europa, la tendencia rusa apunta al mismo destino, solo que con retraso. Hay quien responde que el punto de partida no es homólogo y, sobre todo, que nadie ha explicado todavía cómo se gestiona esa diversidad interna en un país con repúblicas del Cáucaso, Chechenia a la cabeza. Frente a eso, la experiencia directa de quien ha vivido en Moscú más de cinco años y describe a amigos chechenos como «más rusos que Putin» choca con la tesis del cuerpo extraño.
La demografía, el terreno donde Rusia y Europa se parecen
Es el apartado con más números. Cuando Putin llegó al poder, en
1999-2000, la tasa de natalidad rusa era de
1,16 hijos por mujer, un desastre absoluto si se tiene en cuenta que el reemplazo exige 2,1. El dato llegó a
1,80 en el segundo lustro de la década de 2010 y hoy se sitúa en
1,42. No basta, pero hay política activa detrás: ayudas, incentivos y bajas maternales más largas que las españolas. Quien defiende este argumento añade que quienes más hijos tienen en Rusia son también las mujeres musulmanas, igual que en España.
De ahí sale la comparación incómoda. El divorcio lo lidera España en ratio europea. El alcoholismo, el Reino Unido, mientras Rusia lo habría reducido un
35% desde 2012. Los indicadores sociales no dibujan una Europa superior en todos los frentes. El cálculo pormenorizado, gráfica a gráfica, sostiene la tesis de que las curvas rusas mejoran y las europeas empeoran.
La guerra cultural y el eje que unos y otros señalan
En el tramo más ideológico se enmarca todo esto como una guerra espiritual y existencial, no solo rusa: Europa desaparecería como civilización en poco más de veinte años si no se sacude el yugo anglosionista. Otra corriente retuerce el argumento clásico y recuerda que la Unión Soviética se implantó, según esta tesis, con apoyo y financiación de élites occidentales, mientras de las dos guerras mundiales, ambas iniciadas en la democrática Europa, casi nadie pide cuentas.
Y aparece el flanco que incomoda en casa: se subraya que Putin
no es un político, es un silovik, un hombre de los servicios de seguridad, como la mayor parte de quien manda en el Kremlin. Un dato de formación, no de opinión, que relativiza el retrato del estadista tradicional que se le quiere colgar.
Los monumentos que ya no están
Putin avisa de que quedarán monumentos. La respuesta más repetida es que ni eso. Se apunta que
en Alemania y Polonia no queda ningún monumento original, que todo son reconstrucciones posteriores a destrucciones históricas, y que los que siguen en pie acabarán en ruinas o ardiendo cuando cambie la composición de la población. Frente al catastrofismo, otra intervención tira de ironía:
el rifle, el whisky y la gente tirándose bajo los toros no se acaban, así que algo persistirá aunque el relato oficial lo dé por muerto.
El punto exacto donde el análisis se atasca es siempre el mismo: la comparación entre Rusia y Europa sirve para rebajar a una y ensalzar a la otra, pero deja sin respuesta qué pasa cuando ambas curvas de natalidad convergen. Nadie ha cerrado ese cálculo.