De la finta de Severodonetsk al cerco que nadie quería ver
En cuestión de días, la contraofensiva ucraniana en Severodonetsk pasó de ser la prueba de que Rusia había mordido el anzuelo a convertirse en un problema con una sola salida. A comienzos de junio de 2022, los partes prorrusos reconocían que las tropas de Kiev habían vuelto a entrar en la ciudad y recuperado hasta la mitad del casco urbano, además de la vecina Metolkine, según los reportes difundidos entonces. El relato lo envolvió todo: la retirada que nunca fue, el repliegue con el que, según esa versión, Ucrania pensaba infligir el máximo de bajas al invasor. La euforia duró lo que tardó en llegar el siguiente parte de guerra.
La finta que empezó a parecer un callejón
La secuencia era sencilla de vender. Durante un par de días pareció que las fuerzas ucranianas abandonaban Severodonetsk a su suerte y que Rusia avanzaba sin freno; después, la vuelta atrás: refuerzos, contragolpe y, según las cuentas que circularon, hasta un
20% del casco urbano recuperado y Metolkine. Un analista alemán lo resumía diciendo que, tras simular que se iban y dejar que Rusia conquistara hasta el
80% de la ciudad, las fuerzas proucranianas regresaban en tromba. El detalle incómodo venía en la misma frase: en medio quedaban unos
5.000 civiles atrapados por una guerra urbana que iba a golpearles duro.
El optimismo tenía una grieta física. La ciudad se abastecía por un
único puente hacia Lisichansk, y quien controlara ese tablero decidía la partida. Ahí estaba todo.
Defender con una sola vía de salida: el error estratégico
La objeción apareció en cuanto se confirmó que se metían más tropas en la bolsa. Reforzar una posición con
una única vía de comunicación, expuesta al fuego de artillería, convierte cualquier defensa en una apuesta. En el lado escéptico se sostenía que la maniobra prudente era replegarse y volar los puentes, no mandar efectivos a una ratonera. Y el argumento pesaba más por la comparación disponible: aguantar Bastogne o Stalingrado tenía sentido porque detrás se preparaba un contragolpe, algo que aquí no se veía por ningún lado.
Enfrente, la lectura contraria: la ciudad era secundaria. Lo relevante era
desgastar al invasor, obligado a tomarla por mandato político a cualquier coste. Con esa lógica, cada día de combate urbano salía caro en material y en vidas para quien atacaba, hasta el punto de recurrir a blindados viejos, según se afirmaba, por falta de material moderno.
Los dos relatos no podían ser ciertos a la vez. Y el calendario acabó decidiendo.
¿Quién pierde más gente? El pulso de las cifras
Aquí el desacuerdo fue total. De un lado, la versión de que las fuerzas rusas encajaban
una baja por cada ocho ucranianas y que un
40% de esas pérdidas correspondían a antiguos habitantes de Ucrania. Del otro, la idea de que la propia idea de «desgaste» era propaganda: quien ataca despacio lo hace, decía, porque no tiene prisa, y un avance lento se traduce en menos bajas, no en más.
Con las acusaciones de matanzas sobre la mesa —las fosas documentadas en la zona de Mariupol, según las informaciones publicadas, y los sucesos denunciados en Bucha—, el tono dejó de ser táctico. Quien calificaba la invasión de
«operación policial» tenía enfrente a quien recordaba que las operaciones policiales no se ejecutan con misiles de crucero. Ninguna de esas imputaciones ha sido validada aquí como condena en firme; a la fecha de la discusión, seguían siendo denuncias y acusaciones cruzadas.
Mariupol como espejo: Azovstal, dos veces
El precedente que todo el mundo citaba era la acería de Azovstal. Allí, según el relato prorruso, una guarnición de
14.000 efectivos acabó con unos
3.500 prisioneros y el resto muerto o disperso. La conclusión que se extraía era simple: reforzar una fortaleza industrial con una salida precaria reproduce el mismo guion, solo que con más extranjeros en el bando sitiado y, por tanto, más coste mediático para quien los apoya.
Frente a eso, en el hilo también se sostenía que la zona industrial de Severodonetsk, el complejo de Azot, no había caído y que allí se libraba el pulso casa por casa. Ese forcejeo por un polígono industrial se leía como el eco exacto de lo ocurrido en Mariupol: dos asedios, un mismo desenlace probable. Lo único que faltaba por ver era cuánto tardaba en repetirse.
Tres semanas después, la cuenta se ajustó
El plazo que se puso en el aire fueron
dos o tres semanas. Se cumplió. El
último puente entre Severodonetsk y Lisichansk apareció destruido, y con él se cerró la única vía razonable de suministro y refuerzo para quien quedara dentro. Los soldados y voluntarios internacionales apostados en la planta química quedaron, sobre el papel, incomunicados salvo por un cruce a nado o por algún vado de fortuna.
La secuencia dejó un reguero de pronósticos cruzados. Quien vaticinaba que la resistencia rusa se desmoronaría en días vio cómo pasaban las semanas; quien anunciaba el cercano colapso del ejército ruso sigue esperando la confirmación. Zelenski llegó a desplazarse hasta el saliente de Severodonetsk en plena batalla, un gesto que se leyó como señal de que no había intención de ceder, justo antes de que el mapa empezara a contradecir el gesto.
El dato que descoloca no es ninguna baja ni ningún mapa: es que tomar una ciudad del tamaño de
Getafe, con la artillería concentrada y sin prisa, llevó
95 días. Con ese ritmo, la pregunta que nadie cierra es cuántas «fintas» de este tipo caben antes de que se acabe la ciudad, el ejército o el relato que sostiene a uno y a otro.