Uno de cada cuatro jóvenes españoles cree que la democracia es igual o peor que el franquismo
El dato del CIS que ha sacudido el otoño político es una cifra: casi el
25% de los jóvenes de entre 18 y 24 años considera que el sistema democrático actual es igual o peor que la dictadura franquista. Lo publica Ana Iris Simón en un artículo en El País que ha generado un debate incómodo, porque no se limita a ridiculizar a los chavales, sino que se pregunta qué promesas incumplidas han alimentado esa nostalgia. La autora, que se declara nieta de un preso comunista en Valdenoceda, no niega el dato: lo contextualiza. Y al hacerlo, toca un nervio que trasciende a España.
¿Qué se añora realmente del franquismo?
La tesis central del artículo es que los jóvenes no añoran el fascismo, sino
soberanía, certezas y la posibilidad de vivir de su trabajo. Simón lo ilustra con una comparación que escuece: la construcción de vivienda pública durante el franquismo fue mucho mayor que ahora. «¿Sirve de algo quitar el yugo y las flechas de las viviendas de VPO si no se construyen bloques similares a los que aún las conservan?», se pregunta. Es una provocación calculada. Porque el franquismo no solo está en los libros de historia, recuerda, sino en la literatura, en los telediarios, en los museos y en la memoria oral de muchas familias.
El artículo no cae en la trampa de equiparar dictadura y democracia. Al contrario: señala que el fenómeno se replica en países del antiguo bloque soviético, donde los agricultores salieron a la calle con banderas comunistas. Lo que subyace, argumenta, es una frustración común ante las
promesas incumplidas de la globalización y la democracia liberal. La respuesta que reciben los jóvenes, dice, es que no se quejen, que podría ser peor. Y por muy cierto que sea, eso no construye futuro.
La vivienda como símbolo de la ruptura generacional
El asunto de la vivienda recorre todo el debate. No es casual. Durante el franquismo se construyeron miles de bloques de protección oficial que aún hoy siguen en pie, algunos con el yugo y las flechas en la fachada. Hoy, la queja es la contraria: no se construye vivienda pública y los alquileres devoran el salario mínimo. Hay quien sostiene que ese contraste explica mejor que ningún discurso la desafección juvenil. En el fondo, lo que se añora no es el régimen, sino la
estabilidad material que proporcionaba un Estado interventor.
La discusión deriva hacia el papel del Estado en la economía. Una corriente de análisis sostiene que el bienestar de posguerra no vino del liberalismo, sino de políticas estatistas aplicadas por igual en el bloque occidental y en el soviético. Los llamados
treinta gloriosos habrían terminado con la llegada del neoliberalismo en los ochenta. A partir de ahí, se argumenta, la vivienda se convirtió en un activo financiero y el empleo estable en un recuerdo. No es una lectura nueva, pero conecta con el malestar de una generación que no ha conocido otra cosa que crisis y precariedad.
El malestar no es exclusivo de España
Simón insiste en que el fenómeno se repite en Europa del Este, donde la nostalgia del comunismo también cala entre los jóvenes. La comparación no es baladí: sugiere que el problema no es la memoria histórica de cada país, sino algo más profundo. La globalización prometió prosperidad y democracia; lo que ha dejado en muchos lugares es desigualdad y desencanto. Los jóvenes no votan a favor de dictaduras, pero tampoco defienden un sistema que no les ha dado lo que esperaban.
Hay quien lee en ese malestar un simple berrinche generacional. Otros ven una señal de alarma. El artículo no resuelve la tensión, pero plantea preguntas incómodas: ¿a qué franquismo se refieren los jóvenes? ¿Al de los años cuarenta o al de los setenta? ¿Qué es lo que les parece envidiable: la injusticia legal hacia las mujeres o la vivienda pública? Son preguntas que incomodan a todos, también a quienes se apresuran a calificar de facha a cualquier joven con dudas.
La conclusión, si es que hay alguna, es que el descontento juvenil no se combate con memes ni con descalificaciones. Se combate con respuestas materiales. Y esas, de momento, brillan por su ausencia. Si la tendencia se mantiene, es probable que el porcentaje siga creciendo, aunque nadie sabe muy bien hasta dónde puede llegar. Lo que está claro es que el problema no se resolverá ignorándolo.