Población extranjera en Europa: el mapa de 1990 que ya no volverá
En 1990, el mapa de la población extranjera en Europa no tenía nada que ver con el de 2026. La comparativa que ha reabierto la discusión demográfica tiene un punto de partida claro: hace tres décadas y media, la inmensa mayoría de los extranjeros en países como España eran europeos. Hoy, la fotografía es otra, y la controversia se centra menos en la tendencia que en las cifras.
Ahí reside el primer escollo: ¿de quién hablan las estadísticas? La distinción entre residente con nacionalidad extranjera y población de origen extranjero explica buena parte de la distancia entre lo que dice el censo y lo que se ve en la calle. Los naturalizados y sus descendientes engordan la segunda categoría, pero no la primera.
La fiabilidad de los registros es el otro gran frente. Aparecen estimaciones que, para España, elevan la suma de extranjeros y nacionalizados a 20 millones de personas, en torno al 40% del censo. Una magnitud que el padrón oficial no reconoce, y que solo puede sostenerse si los registros van por detrás de la realidad.
Por detrás asoma la teoría del reemplazo poblacional, evocada con la mención al plan Kalergi. Un marco ideológico que condiciona la lectura de los números, aunque por sí mismo no explique nada.
El único punto de consenso es la desconfianza: los censos no terminan de convencer a nadie. La pelea por la cifra correcta no es menor: de ella depende el relato sobre el futuro demográfico de Europa. Y el dato que descoloca es que, pese a la certeza del crecimiento, nadie es capaz de decir cuántos somos.