Ginebra, whisky y orujo: el alcohol que se atraganta
El brandy se bebe mojando los labios, a piquitos, según una intervención. El whisky, ni combinado ni solo. La ginebra, directamente, sabe a colonia, según otro participante. Y el vino, en boca es asqueroso y en estómago taladra, según una opinión. Así arranca una discusión sobre las bebidas alcohólicas que cada cual es incapaz de tragar.
El mensaje que abre el asunto es claro: hay quien con el cognac, el brandy o el bourbon acaba pareciendo «la fuente de Neptuno» tras unas copas. La expresión resume el efecto físico de destapes rápidos con destilados de alta graduación, según quien lo cuenta.
Qué bebidas se atragantan y por qué
La lista de rechazos es amplia y variada. El
whisky aparece como el más citado: da arcadas en cualquier formato, ya sea solo, combinado o de gama alta, según varias intervenciones. Le siguen el
orujo, el
coñac y el
ron, todos ellos destilados de sabor intenso. La
ginebra genera rechazo entre quienes la han probado a pelo: «eso es colonia», resume una intervención. El
vino también recibe críticas duras: hay quien sostiene que en boca es desagradable y en el estómago funciona como un taladro.
Los licores dulces no se libran. El
Licor 43 es descrito como «asesino» por su facilidad para entrar y su capacidad de dejar secuelas, según un participante. El
pepermint, el
Tía María, el
Calisay y el
malibú se agrupan bajo la etiqueta de «guarradas» que solían consumir generaciones anteriores, según otra intervención. El
ron y el
anís cierran la lista de los más detestados, según algunos.
El vermú con ginebra y otras combinaciones peligrosas
Donde hay consenso en el rechazo, también lo hay en el respeto a ciertas mezclas. La ginebra a pelo o el whisky solo son descritos como algo que se puede hacer «con precaución», porque no son ninguna broma, según un participante. El vermú con ginebra genera una advertencia específica: «telita», según otro. La mezcla de cerveza con un chupito de whisky, conocida como «torpedo», aparece como una excepción que se bebió en circunstancias concretas y no como una recomendación.
El cálculo completo de graduaciones y combinaciones que se maneja en la conversación da una idea de por qué algunas bebidas se atragantan y otras no. No es solo el sabor: es la concentración de alcohol por volumen y la velocidad a la que entra. Un destilado de 40 grados bebido a sorbos pequeños es una cosa; ese mismo destilado en chupito rápido es otra. Esa distinción, que en la conversación aparece de forma intuitiva, es la que separa el consumo social del atracón.
La defensa del beber y la moral del no beber
Hay una corriente que sostiene que no beber es «de gente triste y/o drogadictos», aunque cada uno haga lo que quiera. La frase, lanzada con ironía, resume una postura extendida: el alcohol como parte del ritual social, no como problema. Frente a ella, otra corriente defiende la abstinencia total sin necesidad de justificarse. El resultado es un equilibrio incómodo: nadie obliga a nadie, pero el que no bebe queda retratado.
El vino merece un apartado propio. La recomendación que se repite es tomarlo «muy tranquilo» y siempre que se pueda acompañado de algo para picar. Es la única bebida para la que se establece un protocolo de consumo: despacio, con comida y sin prisa. Para el resto, la norma es la precaución o la evitación directa.
Con estas tolerancias y rechazos, el mapa etílico que sale es el de un país donde el alcohol se bebe, pero no todo vale. La ginebra sigue siendo colonia para muchos. El whisky, una arcada. Y el brandy, cosa de piquitos. Nadie ha propuesto una encuesta seria para medir cuántos españoles comparten esa escala. Tampoco hace falta: basta con preguntar en cualquier bar.