Álava: por qué su renta per cápita supera a la media española
En 1958, una foto de la calle Dato de Vitoria mostraba tal cantidad de coches aparcados que parecía una ciudad del medio oeste americano. La provincia tenía entonces unos 50.000 habitantes en su capital y ya destacaba por algo que no cuadraba con el estereotipo de provincia rural de curas y militares: una tasa de motorización de las más altas de España. Ese es el punto de partida de una discusión que ha durado casi un año y que ha derivado en algo mucho más áspero: la naturaleza del concierto económico vasco y su supuesto papel en el desarrollo alavés.
Álava ha figurado entre las dos o tres primeras provincias españolas en índice de desarrollo humano en 1981, 1991, 2001, 2011 y 2021. La pregunta es por qué. Y la respuesta, según se desprende del intercambio, no es una sola.
Alfabetización, burguesía y sociedades de exploradores
El punto de partida que plantea el asunto es una combinación de factores que rara vez aparecen juntos. Ya en el siglo XIX la provincia destacaba por su alto nivel de alfabetización pese a ser un territorio rural. En 1907, con una capital de apenas 30.000 habitantes, se empezó a construir una catedral neogótica que hoy sigue siendo uno de los edificios más visibles de Vitoria. Y en esa misma ciudad de provincias, Manuel Iradier fundó la primera sociedad de exploradores de España.
Hay quien sostiene que la clave está en el modelo de propiedad agrícola. Frente al latifundio del sur, con grandes propietarios y jornaleros sin tierra, el norte habría desarrollado pequeños patrimonios que permitieron la aparición de clases medias, alfabetización y excedentes. Ese modelo, argumentan, se extiende hoy a Castilla y León. La Reconquista y las desamortizaciones —que eliminaron propiedades comunales y manos muertas con arrendamientos irrisorios— habrían configurado esa estructura.
En el otro extremo, la explicación geológica y geográfica: Álava y el conjunto del País Vasco ocuparon uno de los dos pasos que conectan la península con Europa, tuvieron yacimientos de mineral de hierro cuando ese recurso valía oro, y sus montañas eran más bajas que el resto de la cornisa cantábrica, lo que facilitó que se convirtieran en la marina de Castilla.
El concierto económico: ¿motor o privilegio?
Aquí es donde el intercambio se rompe. Una parte de los intervinientes sostiene que el desarrollo alavés se explica en buena medida por el régimen foral: las provincias exentas —Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra— no estaban sujetas al mismo régimen fiscal ni a las mismas obligaciones militares que el resto. El concierto y el cupo permiten gestionar la recaudación con un cálculo que, según esta lectura, se ajusta para que salga favorable.
El cálculo que circula en la discusión es contundente: el País Vasco, segunda comunidad con mayor PIB per cápita, recibiría unos 6.500 millones de euros anuales en transferencias fiscales netas procedentes de las quince comunidades de régimen común, porque no contribuye al déficit de las pensiones contributivas y porque el ajuste del IVA estaría mal calculado de forma deliberada. La respuesta desde el otro lado es que el porcentaje de referencia del 6,24% se fijó en los años ochenta y que, desde entonces, el peso económico vasco ha caído, por lo que la aportación sería superior a la que correspondería.
La discusión sobre las pensiones es especialmente enconada. Se afirma que el País Vasco no quiere asumir el cupo en esa materia porque es deficitario, y se añade que las pensiones que asuma se descontarán del cupo. La contrarréplica pide un enlace que demuestre esa negativa y recuerda que las pensiones las fija el Estado central.
La mili foral y las guerras carlistas
El intercambio desemboca en un ajuste de cuentas histórico. Se reprocha que los vascos estuvieran exentos del servicio militar durante 125 años, con un sistema de milicias forales en el que las armas se guardaban en el ayuntamiento y la instrucción corría a cargo del alcalde. La respuesta es que esas mismas milicias forales combatieron en las guerras carlistas contra el ejército regular, y que el coste humano fue devastador: el País Vasco se hundió demográficamente en una época en que la población crecía en España y en toda Europa.
El contraargumento es que la solución era no haberse rebelado. La discusión se encona hasta el punto de que uno de los intervinientes atribuye a los vascos un supuesto carácter violento heredado. Ese tipo de generalizaciones sobre un colectivo no se sostienen con datos y forman parte más del ruido que del análisis.
Vitoria, Foronda y el modelo industrial
En el terreno económico, la conversación se desplaza hacia la estructura productiva. Vitoria concentra el poder industrial y empresarial de la comunidad, con la fábrica de furgonetas que primero fue DKW y hoy es Mercedes como uno de los motores históricos. Hubo un alcalde, Luis Ibarra Landeta, entre 1956 y 1966, que impulsó un plan general de ordenación urbana en 1963 —el único que tenía una capital de provincia entonces, según se afirma—, urbanizó los polígonos de Gamarra y Ali Gobeo y atrajo industrias. El resultado: una ciudad que pasó de 50.000 a 400.000 habitantes.
La red de carreteras fue otra obsesión. La Diputación financió autopistas cuando eso era insólito para una institución provincial de 200.000 habitantes: la Vitoria-Altube en 1973 y la Gamarra-Villarreal en 1969. El aeropuerto de Foronda, abierto en los años setenta, se diseñó como aeropuerto vasco-navarro, pero nunca llegó el tren y los vizcaínos no querían la alternativa.
El dato que descoloca
El 80% de los vascos menores de 60 años tiene al menos un abuelo nacido fuera del País Vasco. Ese dato, lanzado en mitad del intercambio, desmonta cualquier explicación basada en una supuesta pureza o identidad diferencial. La prosperidad alavesa se construyó con hierro, alfabetización, fueros y mucha gente venida de fuera. Lo que queda por resolver es cuánto de ese éxito se debe al privilegio fiscal y cuánto a haber sabido administrarlo mejor que el resto.