La mili en la Armada: el servicio que no se contó ni se fotografió
¿Alguna vez te has preguntado por qué en los álbumes familiares de los años 80 y 90 solo salen soldados con fusil en un campamento de tierra, y casi nadie con uniforme de la Armada o del Ejército del Aire? La respuesta no es casualidad: aquellos destinos eran selectivos, exigían un perfil que casi nunca era el del reemplazo medio, y además la cámara de fotos era un bien escaso.
Un destino para voluntarios y gente de mar
El servicio militar obligatorio repartía destinos según necesidades, pero la Armada y el Ejército del Aire apenas necesitaban reemplazos. La Armada pedía gente bregada en la mar o con estudios; el Ejército del Aire, al menos durante años, solo aceptaba voluntarios. Quienes no pasaban ese filtro iban a Infantería, a pelar patatas y hacer bulto. Para elegir arma y destino, la única vía era presentarse voluntario. Por eso, los pocos que acabaron en un barco o en una base aérea suelen tener historias singulares: una patrullera de la Guerra de Corea con una ametralladora envuelta en lona que nadie vio en ocho meses, o un submarino S-72 que acogió a un reemplazo con fotos.
La era sin móviles ni cámaras digitales
A eso se suma una cuestión técnica: en aquella época no había cámaras digitales ni teléfonos, y una fotografía costaba su dinero. El reemplazo en tierra tenía más oportunidades de hacerse con una cámara, pero en un barco o una base aérea, con menos compañeros y más control, la foto era el último de los problemas. De ahí que los archivos de la mili estén llenos de retratos en polvorines y apenas haya imágenes del interior de un submarino o la cubierta de un patrullero.
Y cuando los que sirvieron allí cuentan sus historias, aparece la misma moraleja: lo que no se fotografió no queda en los archivos, pero sobrevive como anécdota. Como aquella ametralladora de la patrullera, envuelta en lona y nunca vista: la mejor imagen de una mili que no quiso dejar huella.