Por qué el miedo a la guerra nuclear se apagó desde los 80
En los años 80, la posibilidad de un intercambio nuclear se colaba en cada telediario, en cada película y en cada conversación de bar. Hoy, con una guerra en Ucrania que dura ya más de dos años y una retórica nuclear que va y viene, la alarma social brilla por su ausencia. La pregunta que sobrevuela el debate es incómoda: ¿por qué el miedo se ha apagado? La respuesta corta es que hay menos que perder. La larga tiene varias capas.
Qué se temía en los 80 y qué se teme ahora
En los 80 había algo que hoy escasea:
esperanza en el futuro. Un sueldo permitía pagar una hipoteca en pocos años, criar hijos y ver crecer el patrimonio. La gente temía perder algo que merecía la pena. Hoy, con
alquileres por las nubes, curros precarios y una sensación general de estancamiento, la aniquilación nuclear se percibe como un mal menor. Hay quien lo resume con crudeza: cuando la vida no merece la pena, la posibilidad de perderla da igual.
Un segundo factor es la
memoria colectiva. En los 80 quedaban veteranos de guerras y supervivientes de Hiroshima y Nagasaki que contaban el horror en primera persona. Hoy solo quedan películas. La distancia generacional convierte la bomba en un efecto especial.
El papel de los medios y el relato oficial
Otra corriente sostiene que el miedo no se ha apagado solo: lo han apagado. Los medios, se argumenta, no reciben la orden de asustar con lo nuclear porque en Estados Unidos no hay ese miedo. Hasta los 80, Washington sabía que un intercambio nuclear le tocaría de cerca. Hoy, parte del análisis sostiene que hay algo pactado o que se percibe como lejano. Si el miedo no se genera en Washington, no se replica en Europa.
El resultado es un menú de amenazas que compite por la atención: cambio climático, bulos, extrema derecha, covid. Demasiados apocalipsis para tan poco aguante. La gente se satura y desconecta. Como resume una intervención, el ser humano se ha convertido en un consumidor de basura intelectual que llega por el móvil, y el resto le da igual mientras haya internet.
¿Por qué los jóvenes no temen una guerra nuclear?
Porque muchos ya viven en modo de desconexión. La falta de expectativas, la ausencia de descendencia y una sensación de que el sistema no ofrece nada hacen que la muerte rápida no asuste. Hay quien habla de una
pulsión suicida colectiva: si la vida ya no se valora, la bomba pierde su poder disuasorio. No es valentía, es indiferencia.
A eso se suma que la guerra se ve lejana. El conflicto en Ucrania queda a miles de kilómetros y la gente bastante tiene con su mísera vida. La geografía importa: en Polonia o Finlandia los gobiernos ya avisan de medidas en caso de caos bélico. En España, el problema se percibe como ajeno.
El cálculo frío: ¿cuánto queda por perder?
La pregunta clave es qué hay que perder. En los 80, un trabajador tenía una hipoteca pagada en pocos años, un coche, unos hijos y una expectativa de mejora. Hoy, con salarios que no cubren el alquiler y una demografía en caída, el cálculo cambia. Si no tienes nada, no temes perderlo. Si tu vida ya es una lucha diaria, la aniquilación nuclear puede sonar casi a liberación.
Esa es la conclusión más repetida: no es que la gente sea más valiente, es que tiene menos que perder. Y cuando no hay nada que perder, el miedo desaparece. El reloj del juicio final sigue ahí, pero ya nadie mira la hora.