Juan Manuel de Prada, el incómodo que el régimen del 78 tolera
Que el Grupo Socialista en la Diputación pida excluir a Juan Manuel de Prada del jurado de los Premios de Poesía «Gil de Biedma» por su «discurso fascista y extremista» y que, al mismo tiempo, el escritor no tenga una sola investigación abierta es la paradoja que resume la relación entre el régimen del 78 y sus disidentes. La respuesta formal está en el artículo 20 de la Constitución: se reconoce la libertad de expresión y la creación literaria. La respuesta incómoda tiene más que ver con el estatus de quien no conviene tocar.
El artículo 20 como escudo jurídico
La libertad de expresión no es un cheque en blanco, pero tampoco una declaración vacía. El artículo 20.1 protege tanto las ideas como la producción literaria, y quien pretenda sentar en el banquillo a un columnista por sus opiniones necesita una acusación verosímil. Ser incómodo, pedante o sentencioso no figura en el Código Penal. Esa es la lectura que algunos hacen de la Constitución, y no es menor: sin tipo penal, no hay cárcel.
La sospecha de una justicia selectiva
Frente a esa lectura formal, hay quien recuerda que los artículos de la Constitución «solo se aplican cuando interesa». El ejemplo que citan es el de 2020: las restricciones de movilidad que luego fueron declaradas inconstitucionales y cuyas multas se sobreseyeron. Si el Estado pudo torcer el marco legal entonces, arguyen, ¿por qué iba a detenerse ante un escritor tradicionalista? La respuesta de los más escépticos: no hace falta encarcelarlo porque el sistema tiene otros instrumentos, desde la autocensura ajena hasta el veto silencioso en medios.
Too big to fail, o la censura que no conviene
Otra corriente sostiene que de Prada es demasiado conocido para una caída limpia. Censurarlo abiertamente solo le daría la razón y le permitiría seguir escribiendo desde un blog con más altavoz que muchas columnas. Y luego está la teoría de las influencias: las redes forjadas en la España de la transición, las amistades entre periodistas y poder, los vetos radiofónicos que se levantan cuando cambia quien manda. Nada de eso es un delito. Pero explica mejor que cualquier artículo de la Constitución por qué nadie le ha tocado un pelo.
Lo curioso es que la propia polarización le hace de escudo. Cuando unos piden su exclusión de un jurado y otros le convierten en mártir, el escritor queda blindado en la zona donde la ley y el ruido se neutralizan. ¿Censura o cálculo? ¿Principio o influencia? El régimen del 78 ha encontrado una fórmula para no tener que responder: la ambigüedad.