Por qué España se quedó católica cuando media Europa abrazó la Reforma
¿Por qué España se quedó católica y no abrazó el protestantismo como hicieron Inglaterra, Escandinavia o los principados alemanes? La respuesta que domina el análisis no es teológica, sino geopolítica y dinástica. España era la
primera potencia de Europa occidental y tenía más peso que nadie en Roma. Convertirse al protestantismo no le habría ganado aliados nuevos —los príncipes alemanes y la Inglaterra de Enrique VIII no eran socios fiables— y le habría costado los que ya tenía. Se llega a citar, en este punto, el episodio en que
Carlos I depuso a un papa que se puso gallito.
Por qué España no rompió con Roma
La Corona española es católica desde su fundación. Ese es el punto de partida que comparten casi todas las lecturas. A partir de ahí el razonamiento se acumula: España había conquistado
media Italia, mantenía una alianza dinástica con Austria —la otra gran potencia de la misma casa— y solo Venecia seguía como potencia peninsular independiente. Una conversión habría complicado esa hegemonía sobre Italia sin ofrecer gran cosa a cambio.
Hay quien va más lejos. Si España hubiera sido protestante, sostiene una corriente, Carlos I habría ejecutado a Lutero en Worms y nos habríamos ahorrado un rosario de guerras. La hipótesis es indemostrable, pero resume el enfoque: el cisma se lee como
jugada política, no como disputa de fe. Con los Austrias en el poder y su compromiso con la causa católica, la vía de la conversión por decisión real quedó cerrada de entrada. Quedaba la otra puerta —el predicador de masas— y por ahí tampoco entró nadie.
La Biblia que eligió Lutero: canon, Septuaginta y texto masorético
Aquí el terreno se vuelve técnico y aparecen los datos duros. Lutero, según el relato que circula, escogió el canon judío en lugar de la
Septuaginta —el texto griego que usaban las primeras comunidades cristianas— y de paso
recortó siete libros del Antiguo Testamento. La Septuaginta se fecha en el
siglo III a. C., en el Egipto de Ptolomeo II Filadelfo, según la carta de Aristeo, si bien se apunta que hay autores que consideran esa carta una falsificación posterior y sitúan la traducción en el siglo II a. C. El texto masorético, en cambio, no incorporó signos vocálicos hasta el
siglo IX d. C.
El matiz no es menor: durante siglos, la transmisión hebrea dependió de la tradición oral, con el sesgo que eso implica. De ahí sale el argumento más incómodo para la Reforma: quien dice ceñirse solo al texto escogió qué texto. Y lo escogió entre las versiones que tenía a mano.
El desacuerdo de fondo: obras frente a sola fide
Detrás del canon está la doctrina. La tradición católica sostiene que en el ser humano hay gracia suficiente para construir la obra de Dios, que puede cambiar su destino y ganarse el cielo con sus obras. La lectura protestante parte de la
sola fide: la fe basta, y las obras no salvan. De ese eje cuelga todo lo demás —los sacramentos que Lutero retiró, los sacramentales, el papel de la Virgen y de los santos como intercesores—. Sin sacerdocio ni sucesión apostólica, el edificio entero se reorganiza.
La discusión también se ha leído en clave económica. En el debate se alude a la tesis de Weber y a un posible vínculo entre el énfasis protestante en el trabajo individual y el despegue capitalista del norte de Europa, frente al acento católico en la obra visible: catedrales, hospitales, universidades, misiones.
Obras, misiones y el relato de los dos continentes
El choque se traslada al terreno de la colonización, y ahí conviene pisar con cuidado. Una parte del análisis sostiene que el catolicismo generó instituciones —la primera universidad de Suramérica hacia
1530, la primera gramática de lenguas nativas americanas hacia
1540— y que la evangelización católica trató a los indígenas en un plano distinto al de otras potencias. La otra parte responde con la Inquisición: tres siglos de atraso cultural, según esta lectura, y una comparación que siempre se hace a conveniencia.
Son relatos enfrentados sobre el mismo siglo. Los unos hablan de misiones y hospitales; los otros, de exclusiones y censura. Pocas veces un asunto del pasado se juega tanto en el presente.
¿Jerarquía o Jesucristo? La pregunta que no se cierra
En el fondo de todo late la cuestión de origen: por qué fiarse de la palabra de los papas en vez de ceñirse a Jesucristo. La respuesta católica es de sucesión —de Pedro a los vicarios— y de comunidad: los cristianos no serían átomos aislados, sino un pueblo que reza unos por otros, también por los difuntos. La respuesta protestante es de conciencia: si la Escritura contradice al predicador, gana la Escritura, y punto.
Ninguno de los dos bandos va a mover ficha. Cinco siglos después, la grieta sigue abierta y el que espere una reconciliación doctrinal que vaya encargando el catering.