De Bárbara Rey al relato del milagro económico que se cae
Unas imágenes entre
Juan Carlos I y Bárbara Rey vuelven a circular y arrastran tras de sí un pleito que ya no va de alcobas: va de si el
despegue económico español desde 1975 se explica por la democracia, por el dinero europeo o por la burbuja. La difusión de las fotos llegó acompañada de requerimientos de abogados a varias televisiones para que no las emitieran, un gesto que se produjo cuando el material ya corría por otras vías. Nadie discute aquí el escándalo. Se discute la factura.
¿Levantó Juan Carlos I la economía española?
La tesis más repetida por un lado es contundente:
entre 1975 y 2007 la renta per cápita y el PIB crecieron sin parangón histórico, y en
2004 España habría llegado a mirar «de tú a tú a Francia y Alemania». El argumento se cierra con dos piezas más: las cuentas públicas estaban saneadas antes de la crisis y la deuda masiva arranca en
2008, no antes. Quien sostiene esto no pide indulgencia para el personaje; pide que se le reconozca el marco.
La objeción llega por el flanco monetario. El crecimiento se atribuye a
la impresora y a una burbuja de crédito mundial que aquí se convirtió en burbuja inmobiliaria. Es la misma duda que se aplica a cualquier milagro: si el motor fueron los tipos bajos y el crédito fácil, el mérito es del viento, no del navegante. Y ese viento sopló para media Europa, no solo para la costa española.
El dinero de Bruselas, los pelotazos y el ladrillo
Hay una tercera pieza que descoloca a los dos bandos:
los fondos europeos. Se argumenta que España recibió dinero a espuertas durante años y que, cuando entraron otros países y las subvenciones cambiaron de destino, el llamado
milagro económico se apagó solo. La secuencia que se dibuja es conocida: ladrillo, recalificaciones, comisiones y un castillo de naipes que aguantó mientras el crédito fue barato.
Ese relato no niega la convergencia con Europa. La reubica. En lugar de un país que se industrializó y ganó productividad, describe una economía que se llenó de grúa y de servicios de bajo valor añadido, sostenida por un sistema financiero que repartía hipotecas como estampitas. Cuando el grifo se cerró, lo que quedó a la vista no fue una estructura más sólida, sino una losa de paro de la que aún se discuten las culpas.
Las fotos: lo que se afirma y lo que no está probado
Sobre las imágenes, la versión que circula asegura que se tomaron con conocimiento de las dos partes y que sirvieron para obtener
pagos millonarios en pesetas a cambio de no publicarlas. También se menciona al
CNI rastreando negativos y copias. Son acusaciones lanzadas sin resolución judicial alguna de por medio, y conviene tratarlas como lo que son: un relato no acreditado.
Lo que sí está documentado es el movimiento defensivo. Abogados enviando requerimientos a cadenas para frenar la emisión, un gesto que en tiempos de circulación instantánea tiene la eficacia de poner una valla a la niebla. Ahí coinciden posturas que no coinciden en nada más: la gestión fue un error de cálculo.
Franco, el Sáhara y la herencia que nadie quiere repartir
El asunto arrastra una discusión previa que no desaparece: la de la legitimidad del origen. Se recuerda el juramento de los principios del Movimiento y la entrega del
Sáhara, y se contrapone con la acusación, nunca probada, de que el régimen del 78 fue un apaño para sostener a una partitocracia. Del otro lado se responde que sin aquella transición no habría ni renta per cápita que discutir. Dos memorias que no se tocan ni se van a tocar.
Y en medio, una afirmación más jugosa que verificable: que existirían descendientes no reconocidos y que se habría denegado cualquier prueba de paternidad. Sin sentencia, eso es conversación de barra, no dato.
Quién levantó el país: el homenaje a los que se dejaron la salud
Entre tanta cifra macroeconómica aparece un mensaje que rompe el tono. Habla de un padre que trabajó
a turnos, con horas extras y vacaciones sacrificadas, para sacar adelante a cuatro hijos, y que apenas pudo descansar al jubilarse. Es el recordatorio de que el crecimiento del que se discute tuvo manos, y que esas manos no firmaban decretos ni cobraban comisiones.
De ahí sale la respuesta más incómoda para ambos lados: si algo se levantó, lo hizo el trabajador y el empresario que puso patrimonio y salud, con acierto o sin él. Ni un rey ni un plan quinquenal. La frase tiene más recorrido que cualquier gráfico de convergencia.
El punto donde todo se atasca es el mismo de siempre: nadie consigue separar cuánto hubo de mérito político y cuánto de inercia europea en la convergencia española. Las cifras están sobre la mesa. La interpretación, no. Y mientras no se desate ese nudo, cada foto nueva reabrirá la misma cuenta pendiente.