Galicia no es pobre: es la novena renta de España
Galicia no es pobre. Es, con datos de 2023, la novena renta per cápita del país, por delante de Cantabria y Asturias y a la par o por encima de Castilla y León. Y sin embargo la pregunta «¿por qué Galicia es tan pobre?» sigue teniendo recorrido, porque la comunidad arrastra un problema que ninguna estadística de PIB resuelve: la sensación permanente de ir por detrás. El punto de partida lo pone quien abre el asunto: una tierra con marisco de primera, flotas pesqueras, el Camino de Santiago, la Universidad de Santiago, Inditex, la planta de PSA en Vigo —la mayor de España— y aun así con salarios y servicios públicos por debajo de lo que su dotación haría esperar. La contradicción es el artículo entero.
El sector primario no es riqueza, es coartada
El primer golpe de realidad lo da un diagnóstico incómodo: pesca, ganadería, agricultura y turismo son sectores de regiones pobres. En los países ricos el sector primario pesa poco; en los pobres, casi todo. Es un argumento de manual que en Galicia duele porque toca hueso: la comunidad tiene un sector primario potente y modernizado, pero eso no la convierte en rica. La conservera gallega es la más importante de Europa, y España es referente mundial del sector. Un dato que no cuadra con el relato de la miseria.
La geografía remata la faena.
Periferia de un país periférico, minifundio en la propiedad y en la administración, un Atlántico que durante más de medio año trae temporales y en verano impide trabajar a pleno sol. Hay quien recuerda que fenicios, cartagineses y romanos se instalaron en el Mediterráneo mientras aquí se seguía viviendo de otra manera. El clima y el relieve no lo explican todo, pero explican bastante.
Minifundio: la diferencia con el jornalero andaluz
Aquí está el matiz que rompe el tópico de «la Andalucía del norte». El campesino gallego era propietario de sus tierras y montes; el jornalero andaluz, no. Esa diferencia, repetida en varios mensajes, explica por qué el minifundio gallego amortiguó la miseria en lugar de agravarla. La tierra era mala —suelos graníticos, poco profundos, nutrientes que se van con la escorrentía—, pero daba para el autoconsumo. No había excedente agrícola, no había mercado interno, y sin eso no hay industria que arranque.
El resultado histórico fue una economía de subsistencia que expulsaba población y, de paso, repartía mejor lo poco que había.
Se produce poca riqueza pero está mejor distribuida, resume un análisis que apunta a la paz social como consecuencia, no como virtud. La emigración secular hizo el resto: menos gente, más tierra por cabeza, menos conflicto.
La Galicia que no sale en la media
El error de bulto es tratar Galicia como un bloque homogéneo. De Vigo a la Galicia interior hay varios abismos. Vigo tiene «mucho nivel», industria y puerto; Ferrol arrastra zonas abandonadas; el interior se vacía con pueblos de viejos y vacas. Se hace la media y sale un número que no describe a nadie. Es el mismo problema de siempre: la estadística autonómica esconde realidades que funcionan como países distintos.
Y luego está el dinero que no se ve. Hay quien sostiene que en Galicia mucha gente con millones en el banco va en chándal de Primark y se sienta en el bar como un jubilado más. Amancio Ortega es el ejemplo que se cita siempre. La cultura ahorradora y poco amiga del riesgo mantiene patrimonios invisibles que no aparecen en ninguna encuesta de renta. El caso de los retornados de Brasil —los llamados brasileiros de Santa Comba y Mazaricos, que hicieron fortuna montando hoteles y negocios al otro lado del Atlántico— es el ejemplo más citado de una riqueza que no se exhibe.
Aquí el rico disimula.
Empresas familiares sin accionista externo
La estructura empresarial gallega tiene un rasgo propio: compañías con facturaciones cercanas a los 1.000 millones anuales sin ningún accionista externo. Gadisa, Megasa, Jealsa, Frinsa, Exlabesa, Cortizo. Es parte de una idiosincrasia cerrada y conservadora que algunos leen como fortaleza —no se venden, no se deslocalizan— y otros como techo: sin capital externo, el crecimiento tiene un límite.
El otro techo es la productividad. Sectores como pesca, agricultura o forestal son poco intensivos en capital y en mano de obra cualificada. El eucalipto es el símbolo: crece solo, no exige inversión, alimenta la fábrica de papel y contamina el agua. Se hace lo mínimo porque lo mínimo funciona. El contraste con los gallegos que emigraron y montaron negocios intensivos en inversión es demoledor.
La AP-9 y el peaje que dura hasta 2048
El agravio comparativo tiene nombre de autopista. La AP-9 es una sangría para los conductores gallegos y su concesión no termina hasta 2048. Hay quien sostiene que Galicia es la última comunidad que sigue pagando peaje en su arteria principal, y que la promesa de eliminarlo nunca se cumplió. La autopista partió el país en dos velocidades y aceleró la despoblación de Ourense y Lugo.
A eso se suma el goteo de infraestructuras que se fueron a otras provincias: el depósito de tracción y los talleres que había en Monforte acabaron en León. La respuesta técnica es que León es un nudo logístico peninsular y Monforte no. La respuesta política es que Galicia siempre pierde en el reparto. Ambas pueden ser verdad.
¿Por qué Galicia crece menos que España?
Porque crece a menor ritmo que el conjunto del país, aunque sin aumento de población y con entrada de inmigración menor que en otras comunidades. La renta per cápita aguanta por la vía demográfica —menos habitantes, mismo pastel—, no por la vía productiva. Es la trampa clásica: dividir entre menos da resultados decentes sin que la economía se transforme.
El balance de las últimas décadas es innegable: Galicia ha mejorado en muchos indicadores más que ninguna otra comunidad, con inversiones públicas que llevaban décadas pendientes. Pero la brecha con las regiones ricas no se cierra, y la pregunta de por qué sigue teniendo respuesta. Con estos mimbres, cabría esperar una Galicia mucho más rica de lo que es. Y ahí sigue, novena de España, con la sensación de que le falta un empujón que nadie sabe darle.