Por qué elegir bando sale gratis y pensar cuesta caro
Hay una pregunta que incomoda a los dos lados y que casi nadie formula en voz alta: ¿a quién le conviene que la población esté enfrentada? El planteamiento que abrió esta discusión sostiene que la lógica binaria —rojo o facha, Israel o Palestina, Rusia o Ucrania— no simplifica la realidad: la fabrica. Y que quien se define por una etiqueta renuncia, en el mismo gesto, a la capacidad crítica. Lo que sigue es un recorrido por los argumentos que se cruzaron durante más de un año alrededor de esa idea, desde el cinismo más descarnado hasta la sospecha de que la neutralidad también es una forma de tomar partido.
Qué plantea exactamente la tesis de partida
El punto de arranque es una reflexión sobre política y conflictos internacionales. Se nos obliga a tomar partido, dice, y esa obligación tiene un coste: quien se define solo por la etiqueta que defiende acaba justificando lo injustificable si lo hace su lado y condenando lo mismo si lo hace el contrario. El análisis se pierde. La propaganda entra.
El ejemplo español es el eje guerra civil: progresistas contra conservadores, izquierda contra derecha. No importa qué políticas se apliquen, sino de qué color es quien las propone. El ciudadano queda reducido a soldado de un enfrentamiento simbólico. En el plano internacional, el diagnóstico es idéntico: quien apoya a Israel tiende a minimizar los crímenes de ese Estado y quien apoya a Palestina suele ignorar la violencia de sus grupos armados. La conclusión del planteamiento es que el inteligente no elige bandos, busca la verdad aunque incomode a ambos lados, y que lo verdaderamente revolucionario es negarse a jugar esa dicotomía.
El pack ideológico y la comodidad de no pensar
La primera respuesta que recibe la tesis no la discute: la radicaliza. Elegir un bando es cómodo, se argumenta, porque compras un pack ideológico y te basta con repetir lo que ponga ahí. Te da amigos y enemigos sin esfuerzo: con saber que alguien es de los tuyos, ya vives tranquilo. En cuanto abres los ojos, todo se vuelve más difícil porque te conviertes en dueño y responsable total de tus actos.
Ese mismo mensaje deriva, sin embargo, hacia un territorio que el resto de la conversación no sigue: atribuye la división a una élite concreta y a un plan de exterminio. Es una afirmación sin ninguna prueba, del tipo que circula con frecuencia en estos espacios y que conviene leer como lo que es, una hipótesis conspirativa sin respaldo. El hilo, en su mayoría, transita por otros derroteros.
Divide et impera: la sospecha que recorre todo el debate
Si hay una idea que se repite con distintas formulaciones es la vieja máxima latina. Dividir para vencer. Se sostiene que dividiendo la sociedad esta se vuelve mucho más manejable, y que una población que solo se fijara en los actos de los políticos, sin ideología, sería una pesadilla para ellos. La imagen que se usa es la de las ovejas que eligen bando y lo siguen sin pensamiento crítico frente a las personas que intentan construir su propio criterio, coincida o no con el de un grupo.
El corolario es la desconfianza hacia el mecanismo mismo: no tomar partido se presenta como la única forma de no jugar el juego, porque el juego está diseñado por otros. La frase que resume esa postura es que la única manera de ganar es no jugar. Y de ahí surge la pregunta que vertebra el asunto: ¿por qué se nos presenta siempre una dicotomía simplista?
La respuesta incómoda: no posicionarse también es una posición
Aquí el consenso se rompe. Una parte de los argumentos sostiene que la equidistancia es una forma de cobardía o, peor, de complicidad. Se llega a afirmar que quien no toma partido respecto a las democracias occidentales víctimas del terrorismo está de facto del lado de los terroristas, y se acusa a los equidistantes de mirar hacia otro lado mientras la sharia avanza en Europa. Es la postura más agresiva del conjunto.
Enfrente aparece un argumento distinto, que no defiende la neutralidad por principio moral sino por interés nacional. España no tiene por qué posicionarse en guerras que no le afectan, se dice. ¿Acaso los ucranianos ayudarían a España? ¿Los rusos? ¿Los israelíes? Se argumenta que un buen porcentaje de quienes son presentados como hermanos se alegran de cualquier desgracia española, y que nadie va a ayudar a España ante lo que se describe como una invasión migratoria. La conclusión es que lo único que debería importar es hacer de España un país mejor.
El argumento de la Historia: si no eliges, te eligen
Frente a la tesis inicial se alza una objeción que no depende de la ideología: la Historia enseña que si no eliges un bando, los demás lo eligen por ti. El ejemplo más citado es la Guerra Civil española. A los familiares que les tocó luchar no se les dejó elegir: les pusieron un fusil en las manos y les explicaron que era eso o el pelotón de fusilamiento. La capacidad de elección, se argumenta, es una quimera que las élites nos hacen creer para mantenernos bajo control.
Hay una variante más matizada de la misma idea: nada obliga a elegir bando, puedes ir a tu bola o construir tu propio cóctel de ideas. Lo que no puedes elegir nunca es dónde te van a colocar los demás, ni sufrir las consecuencias que de ello se deriven. Y una tercera, más sombría: cuando hay que elegir bando es porque se viene guerra.
La identidad, la emoción y el límite del razonamiento
Una de las intervenciones más lúcidas del conjunto señala el punto ciego de la tesis inicial: el problema es razonar sin emociones. Todo el planteamiento es impecable desde el punto de vista racional, pero los seres humanos tenemos sentimientos, simpatías y antipatías, y no nacemos en el vacío, sino en una cultura, un país, una lengua o una religión a la que debemos una identidad. Cuando esa identidad se percibe amenazada, la racionalidad se va a la mierda, en palabras del propio mensaje.
Se añade una acusación concreta: ese discurso de la neutralidad lo utilizan a menudo los progresistas pasivos para que se vaya aceptando lo inaceptable. Bajo la supuesta objetividad, dicen, se cuela una agenda. Es la sospecha de que la equidistancia no es una posición neutral sino una forma de allanar el terreno.
El interés económico y la pregunta que nadie cierra
En el trasfondo de todo el intercambio late una lectura material: la verdad, se dice, es que en todos los conflictos hay víctimas inocentes, intereses económicos, manipulación mediática y poderes que ganan mientras la población pierde. La pregunta que se lanza al aire es quién se beneficia de que la población esté enfrentada, y la respuesta que se insinúa es que el sistema necesita esa división para que no se cuestione lo esencial.
El punto exacto donde el análisis se atasca es el mismo donde empezó: si no tomar partido es la única salida, pero no tomar partido te convierte en objetivo de ambos lados, y si lo tomas renuncias a pensar, entonces no hay posición que no tenga un coste. La discusión no resuelve esa ecuación. Se queda ahí, con la sospecha de que el mecanismo que divide funciona precisamente porque no tiene una salida limpia.