Hitler no esperó a ser la primera potencia: la deuda Mefo vencía antes
En septiembre de 1939, el Tercer Reich llevaba seis años en pie y ya estaba metido en una guerra europea. La pregunta que sobrevuela cualquier análisis serio es por qué el régimen no consolidó su poder durante quince o veinte años, como habría exigido cualquier manual de estrategia, antes de lanzarse a por el mundo. La respuesta corta es que no había tiempo. La larga tiene que ver con una economía montada sobre papel de colores y con una doctrina racial que no admitía esperas.
Una estafa piramidal con fecha de caducidad
El argumento más repetido en los análisis económicos del asunto es que el llamado milagro alemán era, en buena parte, una construcción financiera sostenida con deuda opaca. Los bonos Mefo funcionaban como un mecanismo de pago paralelo con el que el Estado financiaba el rearme sin que las cuentas públicas reflejaran el agujero. Cuando esos vencimientos empezaron a apretar, hacia 1939, la alternativa era aceptar una vuelta a la inflación de comienzos de los años treinta o buscar recursos fuera.
Invadir Polonia era, en esa lectura, una huida hacia delante: tomar territorio, materias primas y mano de obra para seguir alimentando el esquema.
No es una tesis marginal. Hay quien sostiene que
Alemania seguía destrozada económicamente en 1939, con la única diferencia de que lo disimulaba, y que la deuda acumulada en papelitos había que empezar a devolverla. El rearme, la marina de guerra y la fuerza aérea no eran el lujo de un país que se preparaba con calma: eran la apuesta de un Estado que necesitaba ganar antes de que le pasaran la factura.
El espacio vital no era una metáfora de campaña
La segunda pata del argumento es ideológica. El Lebensraum, el espacio vital, no era un eslogan electoral: era el núcleo del programa. Polonia era la zona natural de expansión alemana, y el corredor de Danzig, con la población alemana de Prusia separada del resto del país, era la última afrenta pendiente del Tratado de Versalles. Después de Austria, los Sudetes y Checoslovaquia, la pregunta que se hizo el régimen no fue si los aliados reaccionarían, sino por qué iban a hacerlo ahora.
A eso se suma un cálculo racista sobre el Este de Europa: la idea de que los territorios eslavos funcionarían como colonia alemana, con los alemanes como señores feudales. No era un plan improvisado. Estaba escrito y repetido.
¿Por qué Hitler creyó que Gran Bretaña y Francia no irían a la guerra?
Aquí el consenso se rompe. Una parte del análisis sostiene que Hitler pensaba que Francia y el Reino Unido se echarían atrás en el último momento, como había ocurrido con Austria y Checoslovaquia. La prueba, dicen, es que no había ningún plan alemán por si los aliados occidentales declaraban la guerra en 1939. El rápido desplome de Francia, un mes después, sorprendió incluso a los propios alemanes.
La otra lectura es más incómoda: Hitler invadió Polonia sin que le importara demasiado la posibilidad de entrar en guerra con Londres y París. Si de verdad hubiera creído que no habría respuesta, habría dado marcha atrás al ver que sí la hubo. No lo hizo. Y el pacto Ribbentrop-Molotov, con el reparto de Europa Oriental, no se firmó por accidente.
El error de cálculo soviético y la guerra que nadie quería
El otro gran frente de discusión es el papel de Stalin. Hay quien defiende que la URSS se preparaba para atacar, con el Ejército Rojo desplegado en formación ofensiva y unidades de pontoneros cerca del frente. La mejor prueba de que no iban a invadir en 1941, responden otros, es el desastre que siguió a Barbarroja: el Ejército Rojo era, en palabras de un participante, una banda. La hipótesis más citada es que Stalin esperaba a que Alemania se desgastara contra los aliados occidentales, como en 1918, y entonces moverse.
En cualquier caso, la pregunta de fondo sigue sin cerrarse: por qué Hitler se prestó a hacer de rompehielos para Stalin, liándola primero en Polonia para que el soviético pudiera anexionarse el Báltico y Finlandia sin que nadie le mirara.
Seis años de gobierno, una economía construida sobre vencimientos y una doctrina que no admitía pausas. La guerra no fue un exceso de ambición: fue el único plan que tenían. Con estos mimbres, lo raro no es que Hitler la empezara en 1939. Lo raro es que alguien siga pensando que podía permitirse esperar.