Por qué la corte veraneaba en el Cantábrico y no en el Mediterráneo
A mediados del siglo XIX, cuando Eugenia de Montijo puso de moda el veraneo, cada corte europea eligió su rincón de costa: Torquay en Inglaterra, la Costa Azul en Francia, Baden-Baden en Germania, Cascaes en Portugal. España empezó por Lequeitio, siguió por San Sebastián, se instaló en Santander y solo mucho después, con lo que un sector llama «modernidades y horteradas», la
monarquía acabó veraneando en Mallorca. La pregunta que abre el asunto es sencilla: ¿por qué el Mediterráneo español, con más sol y más kilómetros de playa, quedó fuera del circuito real durante casi un siglo?
La respuesta corta es que el mar no era el problema. El problema era la orilla.
Baños de mar como medicina, no como ocio
Hasta bien entrado el siglo XX, ir a la playa no era un plan de ocio: era un tratamiento. Los baños de mar se prescribían como terapia, y lo que se buscaba era aire puro, frescor y agua fría. El Cantábrico ofrecía las tres cosas. El Mediterráneo, en cambio, era un caldo a 35 grados en agosto, con humedad y sin la menor vocación terapéutica.
A eso se sumaba un detalle que hoy suena a chiste pero entonces era decisivo: nadie se duchaba y casi nadie se bañaba en el mar. En un contexto así, la costa atlántica resultaba mucho más apetecible que la mediterránea. Solo cuando se generalizan las duchas y el baño marítimo, ya en el siglo XX, el Mediterráneo se convierte en el destino natural.
El litoral mediterráneo no estaba abierto al mar
Hay un factor urbanístico que suele pasarse por alto. En buena parte del Levante español, las ciudades no miraban al mar: le daban la espalda. Valencia, Castellón, Sagunto, Burriana o Gandía crecieron tierra adentro, y su franja costera era zona portuaria, astillero o directamente estercolero. No había paseos marítimos porque no había nada que pasear.
La excepción eran las provincias con tradición grecorromana: Alicante, Denia, Calpe, Cartagena, Málaga, Cádiz, Palma o Mahón sí tenían ciudades en primera línea. Pero incluso ahí, la presencia humana junto al agua se dedicaba a la economía, no al descanso. El turismo de playa no es un invento del desarrollismo: es un invento extranjero que llega después.
Fiebre amarilla, plagas y el miedo al sur
La salubridad jugaba en contra del Mediterráneo con datos, no con prejuicios. Barcelona sufrió varios brotes de fiebre amarilla en el siglo XIX, y Cádiz arrastraba fama de plaza peligrosa por las plagas. Fernando VII, durante el Trienio Liberal, se quejaba de que no quería ir a Cádiz precisamente por eso.
El norte, en cambio, se asociaba a aire limpio y a humedad sin epidemias. Los sitios húmedos y umbríos tenían su propia leyenda negra —se vinculaban a la tuberculosis—, pero el sol mediterráneo tampoco salía bien parado: se le atribuían disenterías y zoonosis. Entre dos males, la corte eligió el fresco.
La distancia: 390 kilómetros frente a 600
Aquí entra la logística. Bilbao dista de Madrid unos 390 kilómetros; el País Vasco, unos 400. La costa atlántica andaluza, en cambio, está a 600 kilómetros al sur de la Corte. Con las comunicaciones del XIX, esa diferencia no era un detalle: era la frontera entre un viaje posible y una expedición.
Isabel II prefirió Lequeitio a Cadaqués por eso, y también por imitación: Napoleón III veraneaba en Biarritz, y la monarquía española copió el patrón. Cuando el ferrocarril conectó Madrid con Barcelona, Cartagena, Alicante y Málaga tras la Restauración, la distancia dejó de ser excusa. Y aun así, no se movieron al Mediterráneo. Eso indica que el factor climático y de etiqueta pesaba más que el kilómetro.
El argumento identitario: Castilla y su órbita
Hay una tesis más discutida que sostiene que los Reyes tenían poco apego al antiguo reino de Aragón y por eso preferían la costa vasca, entendida como prolongación de la órbita castellana. El Señorío de Vizcaya fue uno de los prebostes de Castilla, y el País Vasco funcionaría como una suerte de Castilla chic.
Esa lectura choca con hechos incómodos. La reina se relacionó con personajes catalanes y protegió a Prim en más de una ocasión. Y toda la política económica del XIX se orientó a proteger la industria catalana frente a los intereses librecambistas de Málaga o Valencia. Si había poco apego, se disimulaba con aranceles.
Etiqueta, vestuario y el problema de desabrocharse
Con los valores victorianos de la época, la gastronomía y la vestimenta encajaban mucho mejor en el norte que en el Mediterráneo. Un vestido de la Belle Époque en agosto en Alicante no era veraneo: era un suplicio. En el Cantábrico se mantenía el protocolo sin cambiar de armario, porque el clima permitía abrigarse igual que en invierno.
Las señoritas querían piel blanca como el alabastro, y el sol no ayudaba. El norte ofrecía la posibilidad de no cambiar hábitos, no adaptar el protocolo y no exponerse. La corte no buscaba diversión: buscaba continuidad.
Del palacete al pacobloque
El lamento actual no es histórico, es urbanístico. La comparación con Saint Malo, Torquay o Plymouth es inevitable: allí quedan paseos marítimos de tres kilómetros con palacetes belle époque, y aquí el único palacete que sobrevive en Zarautz es el restaurante de un cocinero famoso. El desarrollismo llenó la costa de bloques sin criterio, y ni con fachadas nuevas tienen arreglo.
La ironía final es que el Mediterráneo acabó siendo el destino de masas, con playas cerradas por aguas fecales y cemento continuo. El Cantábrico, mientras tanto, sigue esperando que alguien reconstruya lo que se derribó.
Dato que descoloca: la distancia entre Madrid y Bilbao, 390 kilómetros, fue durante décadas un argumento de Estado para decidir dónde veraneaba la Corona.