Jesús subversivo, Iglesia de poder: la paradoja que nadie quiere resolver
La Iglesia nunca fue la continuación del cristianismo. Fue su secuestro. La historia de los últimos dos milenios es la de una institución nacida de un ajusticiado por sedición que acabó coronando emperadores, santificando guerras y bendiciendo fronteras. La pregunta incómoda es por qué la mayoría de los cristianos, y sobre todo sus jerarquías, defienden exactamente lo contrario de lo que predicó Jesús.
Un ajusticiado político con discípulos anarquistas
Los evangelios describen a un predicador que no temía enfrentarse al poder religioso, que llamaba bienaventurados a los pobres y a los perseguidos, y que fue ejecutado en la cruz, el castigo que Roma reservaba a los sediciosos. La tesis de un Jesús anarquista y antinacionalista no es solo una lectura devota: el término griego 'ethnos' que aparece en el Apocalipsis se traduce como 'naciones', pero significa 'pueblos', es decir, toda la humanidad, no los estados. La manipulación de esa palabra sirvió para acomodar el cristianismo al nacionalismo posterior, aunque el Evangelio de Mateo, el único que menciona la 'iglesia', fuera escrito hacia el año 80-85, tres generaciones después de los hechos.
La alianza con el verdugo
La transformación empieza cuando Roma comprende que no puede destruir el cristianismo y decide absorberlo. La relación entre el trono y el altar se sella: cada reino querrá su iglesia nacional, y cada iglesia querrá su rey. El episodio de la excomunión de León Tolstói lo ilustra perfectamente: no fue la Iglesia Ortodoxa rusa la que lo excomulgó, sino el Santo Sínodo dirigido por Konstantin Pobedonóstsev, un funcionario del zar. La institución eclesiástica se había convertido en un departamento más del aparato estatal. Desde la Revolución Francesa, los clérigos pasaron a ser, de facto, funcionarios del Estado, con la misma función estabilizadora que la policía y el ejército.
¿Y si Jesús fue un nacionalista judío?
La lectura alternativa, sostenida por estudiosos del Jesús histórico, rompe el relato del anarquista mesiánico. El mesías esperado por el judaísmo era una figura política que debía liberar a Israel y restaurar la monarquía davídica. Bajo ese prisma, Jesús sería un predicador judío nacionalista en el contexto tribal de su época, y el cristianismo moderno, tanto el católico como el protestante, sería una tergiversación acomodada al poder durante veinte siglos. Los zelotes, los verdaderos rebeldes armados contra Roma, sí tuvieron dimensión revolucionaria; los primeros cristianos, según esa hipótesis, fueron más prudentes con el Imperio. Quien quiera profundizar en la exégesis de 'ethnos' tiene el texto completo en Project Gutenberg, y no le hará falta mucho tiempo para descubrir que la traducción convencional es interesada.
El Concilio Vaticano II y la Teología de la Liberación intentaron devolver al cristianismo su matriz popular, pero la jerarquía ya había entendido que el negocio no estaba en los pobres, sino en los poderosos. Mientras tanto, la Iglesia seguirá bendiciendo banderas y los fieles seguirán votando contra su propio evangelio. La predicción de Jesús sobre los últimos que serán primeros sigue sin cumplirse, quizá porque quien la predica lleva veinte siglos ocupándose de que no ocurra.