¿Cristianismo o guerras civiles? La caída de Roma
¿Fue el cristianismo la dinamita que desintegró el Imperio Romano? La tesis resuena en círculos que añoran una Roma pagana, pero los números no la sostienen. Mientras unos señalan a los primeros cristianos como fanáticos que minaron el Estado, otros ponen sobre la mesa las guerras civiles y el colapso económico.
El mito del cristianismo como verdugo
El historiador Zósimo, en el siglo V, ya acusaba a los cristianos de traicionar a los dioses de Roma. Las citas de romanos paganos describen a los cristianos como «gentes simples» que practican «supersticiones nuevas y peligrosas». Sin embargo, el Imperio de Oriente, que fue intensamente cristiano (iconoclastas, monofisitas), resistió hasta 1453. Si el cristianismo hubiera sido la causa, Bizancio habría caído antes que la parte occidental, y no fue así.
Guerras civiles: el coste que Roma no pudo pagar
El verdadero desangre romano fueron las guerras civiles. La crisis del siglo III: 50 años con 26 emperadores, la mayoría asesinados. Las provincias de las Galias y Palmira se perdieron durante años. La producción agrícola se desplomó, la inflación galopante, y la población de Italia cayó un 30% según estimaciones. Las guerras de finales de la República (Mario vs Sila, César vs Pompeyo) mataron a cientos de miles de ciudadanos romanos. Sila proscribió a 1.500 oligarcas, redistribuyendo por la fuerza la riqueza.
La paradoja bizantina: 800 años de resistencia
Quienes culpan al cristianismo ignoran que el Imperio Bizantino, más cristiano que el occidental, aguantó ocho siglos tras perder Siria y Egipto. Reorganizó el Estado en themas, resistió el envite árabe y vivió una renovatio con la dinastía macedonia, recuperando Creta y el sur de Italia. Si eso es «solo aguantar», entonces la mayoría de los imperios son agonizantes.
La clave no está en la fe, sino en los incentivos económicos y la estabilidad política. Las guerras civiles y la fuga de capitales –no los debates teológicos– quebraron la maquinaria fiscal de Occidente. El resto es nostalgia mal contada.