Debate en un foro: rutas de montaña, afición y postureo
Hay una escena que se repite en cualquier grupo de mensajería: alguien comparte decenas de fotos de su última ruta por la montaña y espera una reacción. La queja no es nueva, pero el fenómeno ha crecido al calor de las redes sociales y las aplicaciones de seguimiento de actividad. Un mensaje inicial en un foro de economía desató el debate al afirmar que los montañeros son «cansinos» que solo hablan de sus rutas para alimentar su autoestima. La discusión, que se prolongó durante varios días, revela una tensión más profunda: la del uso del ocio como escaparate social.
El desahogo inicial era una acusación sin matices: quienes acumulan cientos de rutas lo hacen, según esta tesis, para presumir y sentirse superiores. «No me dais envidia, me generais rechazo y asco», escribió el autor del mensaje, que llegó a desear que los montañeros sufrieran accidentes en la montaña. La reacción no se hizo esperar. Otros participantes señalaron que el problema no es la actividad en sí, sino la actitud de ciertos practicantes que convierten su afición en un rasgo de identidad y menosprecian a quien no la comparte.
El deporte no tiene nada que ver con el narcisismo, apuntó un participante, que defendió que se puede ser montañero, ciclista o aficionado al gimnasio y ser una persona humilde. La discusión derivó hacia otros deportes y aficiones: el buceo, la escalada, el ciclismo o el surf aparecieron como ejemplos de actividades que también generan rechazo cuando se convierten en un instrumento de exhibición. La queja de fondo no era tanto la montaña como el uso de cualquier pasatiempo para medir el valor personal.
El postureo en la montaña: de la afición al escaparate
La crítica más repetida no iba contra la actividad física, sino contra su conversión en un escaparate.
La vulgarización de cualquier actividad lleva a eso, sostuvo un veterano que subió al Mont Blanc hace cuatro décadas y que ahora ve cómo los refugios se llenan de principiantes con material profesional. Para él, las redes sociales han acaparado una actividad que antes era una realización personal sin nada que demostrar. Otros participantes coincidieron en que la tecnología ha multiplicado la visibilidad de lo que antes era una experiencia íntima.
El fenómeno no es exclusivo de la montaña. Un mensaje señaló que los aficionados al buceo hacen lo mismo: hablan de sus inmersiones y de los relojes profundímetros que compran. La comparación con los ciclistas fue recurrente:
ciclista igual a gilipollas, no falla, escribió un participante, resumiendo un prejuicio extendido. La conversación derivó hacia una crítica más amplia del exhibicionismo en el ocio, con ejemplos que iban desde el surf hasta el senderismo ocasional.
La defensa de los montañeros también tuvo espacio.
Llevo toda la vida yendo al monte, escribió un participante que practica la actividad en solitario, sin publicar rutas ni pertenecer a clubes. Su testimonio contradecía la generalización: no todos los que suben montañas buscan reconocimiento. La discusión reveló que el rechazo se dirige hacia un comportamiento concreto, no hacia la actividad en sí.
El rechazo a los deportes de montaña: ¿envidia o hartazgo?
Una de las líneas más repetidas fue la que atribuía el rechazo a la envidia.
Solo son pobres frustrados que son incapaces de conseguir nada de lo que anhelan, escribió un participante, que dibujó un retrato psicológico de quienes critican a los montañeros: personas con vidas poco estructuradas que descargan su frustración en quienes disfrutan de su tiempo libre. La tesis de la envidia fue contestada con dureza por quienes se sentían señalados.
Otros participantes ofrecieron una explicación más sociológica.
Son vidas poco estructuradas y poco complejas, apuntó un mensaje, que atribuyó el fenómeno a personas con mucho tiempo libre y pocas ocupaciones. La reflexión conectaba con un malestar más amplio: la sensación de que ciertos estilos de vida se han convertido en un símbolo de estatus y de que quienes no los practican quedan fuera del relato.
La discusión también tocó la política. Un participante vinculó el rechazo a los montañeros con una supuesta amargura general de la sociedad española, mientras otro respondía con una crítica a los tópicos de la derecha. El intercambio derivó en insultos y descalificaciones mutuas, lo que llevó a varios participantes a abandonar la conversación. El ruido terminó por sepultar el análisis original.
El ocio como símbolo de estatus: por qué molestan las rutas
La conversación derivó hacia una pregunta más amplia: ¿por qué molestan las aficiones ajenas? Un participante ofreció una respuesta irónica:
el deporte no tiene nada que ver con el narcisismo, pero el narcisismo encuentra en el deporte un vehículo perfecto. La clave estaría en la necesidad de validación externa, que convierte cualquier actividad en una competición por la atención.
Otro mensaje apuntó a un cambio generacional.
Antes la gente tenía desde relativamente temprano una vida bastante ocupada, señaló, y atribuyó el fenómeno a la falta de estructura vital de una parte de la población. La reflexión conectaba con la idea de que el ocio ha dejado de ser un espacio de descanso para convertirse en una plataforma de autoafirmación.
La discusión también abordó el papel de las aplicaciones de seguimiento de rutas. Un participante mencionó que algunos usuarios suben sus recorridos a plataformas para recibir retroalimentación, lo que alimenta una dinámica de comparación constante. La queja no era tanto por la actividad como por la conversión de la experiencia en un producto social.
La montaña como refugio: cuando la afición no se exhibe
Frente al postureo, varios participantes reivindicaron una relación más íntima con la naturaleza.
Voy solo, no pertenezco a ningún club, no me autodenomino senderista ni publico rutas, escribió un participante que practica la montaña desde hace años sin buscar reconocimiento. Su testimonio fue uno de los pocos que ofreció una alternativa al ruido: la afición como experiencia personal, no como escaparate.
Otros mensajes coincidieron en que el problema no es la montaña, sino la actitud de quienes la convierten en un rasgo de superioridad.
Puedes ser montañero, ciclista o aficionado al gimnasio y ser un tío humilde, resumió un participante. La conclusión, si es que hubo alguna, fue que el rechazo se dirige hacia el comportamiento, no hacia la actividad.
La discusión se cerró sin acuerdo. Unos siguieron defendiendo que la fiebre por las rutas es una forma de vanidad, mientras otros insistieron en que la montaña sigue siendo un espacio de libertad. El dato que descoloca es que, después de numerosas respuestas, nadie logró definir dónde está la frontera entre la pasión y el postureo. Quizá porque la frontera la pone cada uno.