La paradoja del votante empobrecido: ¿por qué defiendes a quien te hunde?
El 80% de los españoles no puede pagar la factura de la luz ni llenar la cesta de la compra. Esa afirmación, repetida hasta la saciedad en los últimos años, se ha convertido en el mantra de un sector de la población que, sin embargo, sostiene electoralmente a formaciones políticas cuyas propuestas económicas profundizan en la precariedad. La pregunta incómoda es: ¿por qué el votante de Vox, paradigma del "torero" en la jerga del debate, defiende a quienes le están haciendo más pobre?
La clave está en el relato. Mientras unos señalan con el dedo a las élites globalistas y a las grandes corporaciones —oligopolios eléctricos, cadenas de supermercados, fondos buitre—, otros se agarran al argumento de que el gobierno actual lleva siete años en el poder y la situación no ha hecho más que empeorar. El choque de narrativas ha generado una brecha que trasciende la mera ideología: es la lucha por atribuir la culpa.
El SMI y la trampa de la subida salarial
El gobierno de Pedro Sánchez ha subido el Salario Mínimo Interprofesional y ha anunciado medidas para limitar la especulación. Sin embargo, los críticos recuerdan que el SMI solo lo cobra una minoría y que los precios de la energía y los alimentos han subido muy por encima de lo que marca el IPC oficial. Datos concretos del debate: desde 1990, los precios de los productos básicos se habrían multiplicado por veinte, mientras que los salarios reales no han seguido ese ritmo. La paradoja es que quienes denuncian esta situación son tachados de "paguitontos" por defender el statu quo, mientras que los que votan a formaciones que prometen un cambio radical son los mismos que validan el sistema que les empobrece.
¿Quién se lleva la parte del león en la factura de la luz?
La electricidad es el ejemplo perfecto. El 80% de la electricidad en España se genera con renovables, cuyo coste marginal es casi cero. Sin embargo, el precio final está indexado al gas natural, lo que produce beneficios extraordinarios a las eléctricas. Ante esta estafa, el votante de Vox se niega a cargar contra las empresas y prefiere atacar al gobierno. La razón: el miedo a que cualquier intervención estatal sea tildada de "comunista" o "globalista". Así, prefieren defender a los "ñarigudos" que les roban antes que apoyar medidas que podrían aliviar su bolsillo.
El dato que nadie discute: la pérdida de poder adquisitivo
Más allá de las disputas partidistas, hay un consenso tácito: el poder adquisitivo del español medio se ha desplomado desde principios de los 2000. Las cifras de concursos de acreedores de personas físicas no dejan lugar a dudas. Y mientras, la respuesta política oscila entre el discurso de la "dictadura socialcomunista" y la defensa acrítica de los últimos gobiernos. El votante empobrecido se queda atrapado en un bucle: vota a quien le promete dureza contra las élites, pero esos mismos no tocan los verdaderos intereses oligopólicos.
La pregunta final queda en el aire: si la mayoría no llega a fin de mes, ¿por qué el discurso de la libertad económica y el libre mercado sigue siendo hegemónico entre quienes más sufren sus consecuencias? La respuesta, probablemente, no está en los programas electorales, sino en la capacidad de ciertos relatos para hacer creer que el enemigo está fuera, cuando la tijera la manejan los de siempre.
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